Más que un recuerdo: el diluvio de 1970 como advertencia para Lima

El 15 de enero de 1970, Lima vivió uno de los eventos meteorológicos más extremos de su historia. En apenas unas horas, cayeron 17 litros de agua por metro cuadrado, una cantidad que normalmente se registraría a lo largo de ocho meses. La ciudad, diseñada para un clima desértico, colapsó: las avenidas se convirtieron en ríos, los pasos a desnivel se inundaron y los huaicos bloquearon la Carretera Central. Más de 2.000 viviendas resultaron afectadas, y la ciudad tardó días en recuperar la movilidad en sus vías principales. Aquel episodio, conocido como el “diluvio setentero”, no solo dejó una huella imborrable en la memoria colectiva, sino que expuso una verdad incómoda: Lima no estaba preparada entonces, y décadas después, la pregunta sigue siendo la misma.
La respuesta, lamentablemente, es que la capital continúa siendo profundamente vulnerable a un evento de esa magnitud. El crecimiento urbano desordenado y la ocupación de zonas de alto riesgo han agravado la situación. La Defensoría del Pueblo ha advertido que 11 de las 21 quebradas priorizadas en la cuenca del Rímac podrían quedar desprotegidas por falta de obras de prevención, a pesar de su condición de riesgo muy alto. Situaciones críticas como la acumulación de residuos sólidos y la ocupación progresiva de los cauces, como ocurre en la quebrada Huascarán (Chaclacayo) o en Caraponguillo (Lurigancho-Chosica), incrementan exponencialmente el peligro de huaicos y deslizamientos.
El déficit más evidente es la ausencia de un sistema de drenaje pluvial. Lima carece de una infraestructura diseñada específicamente para evacuar el agua de lluvia, y su alcantarillado, en muchos casos obsoleto, colapsa ante precipitaciones intensas. El Colegio de Ingenieros del Perú, ha sido enfático: “Las lluvias han desnudado una realidad: Lima carece de un sistema de drenaje pluvial que le permita evacuar de manera segura las aguas de lluvia”. Esta carencia convierte cada episodio de lluvia en un riesgo directo de inundaciones en viviendas y vías clave como la Vía Expresa, Javier Prado o la avenida Faucett.
Frente a este panorama, existen esfuerzos en marcha, pero su alcance y velocidad son insuficientes. El Proyecto Río Rímac, a cargo de la Autoridad Nacional de Infraestructura (ANIN), es la iniciativa más ambiciosa. Busca reducir el riesgo en 15 distritos mediante 63.5 km de defensas ribereñas y la protección de 23 quebradas, beneficiando a más de 178,000 personas. Sin embargo, el proyecto se encuentra en una etapa crucial; aunque el contrato se inició en junio de 2024, para enero de 2025 aún se estaba en la fase de elaboración del diseño definitivo de 19 quebradas, y la incorporación de 10 quebradas adicionales estaba en evaluación. La brecha entre la necesidad y la ejecución sigue siendo enorme.
A esto se suman las labores de mantenimiento y descolmatación, que son indispensables pero paliativas. El Ministerio de Vivienda ha ejecutado planes como “La prevención nos une”, con la limpieza de cuatro kilómetros del cauce del Rímac en San Juan de Lurigancho, beneficiando a 20,000 vecinos. La Autoridad Nacional del Agua (ANA) también ha intervenido en decenas de puntos críticos. No obstante, estas acciones, aunque valiosas, no sustituyen la necesidad de obras estructurales permanentes y de una planificación territorial que impida seguir construyendo en cauces de quebradas y laderas vulnerables.
La vulnerabilidad también es doméstica. Gran parte de las viviendas de la costa tienen techos planos que, sin un diseño adecuado de pendientes, impermeabilización y evacuación, se convierten en trampas de agua que provocan filtraciones y sobrecargas estructurales. La arquitecta Janeth Hernández King, de la UNI, advierte que las soluciones deben adaptarse al clima, recuperando saberes constructivos y combinándolos con criterios de resiliencia. En la costa, esto implica mantener operativos sumideros, canaletas y bajantes, y evaluar mecanismos para evacuar el agua de techos y terrazas.
La preparación ciudadana es el último y más frágil eslabón. El Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) recomienda medidas concretas que salvan vidas: preparar una mochila de emergencia con agua, alimentos no perecibles, linterna, radio y botiquín; identificar las rutas de evacuación y zonas seguras; y limpiar azoteas, calles y drenajes para evitar obstrucciones. Durante una lluvia intensa, se debe evitar transitar cerca de ríos y quebradas, no destapar buzones y desconectar la energía eléctrica si el agua ingresa a la vivienda. Estas acciones, simples pero vitales, requieren una cultura de prevención que aún no se ha consolidado.
El cambio climático está alterando los patrones de lluvia en la capital, y los especialistas coinciden en que los eventos extremos serán más frecuentes. La memoria del 15 de enero de 1970 no debe ser solo un relato histórico, sino una advertencia activa. Lima tiene la oportunidad de cerrar la brecha entre lo que sabe que debe hacer y lo que efectivamente hace. Culminar las obras hidráulicas pendientes, invertir en un sistema de drenaje pluvial moderno, detener la ocupación de zonas de riesgo y fomentar una ciudadanía preparada son pasos ineludibles. La pregunta ya no es si volverá a llover con esa intensidad, sino si, cuando ocurra, la ciudad estará lista para resistir y recuperarse.



Comentarios