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¿Se puede domar a El Niño? Ciencia, geoingeniería y el futuro climático de América Latina

Foto del escritor: Alfredo Arn
Alfredo Arn
hace 18 horas
4 min de lectura

Cada pocos años, el océano Pacífico tropical cambia de humor y con él cambia el destino de millones de personas. El Fenómeno de El Niño regresa con una certeza casi estacional, trayendo consigo inundaciones, sequías, incendios y pérdidas económicas que golpean con especial fuerza a América Latina. Ante este panorama, surge una pregunta tan antigua como la propia meteorología: ¿podría la humanidad intervenir para atenuar el fenómeno, evitar los calores extremos y moderar las lluvias devastadoras? La respuesta corta es que hoy no existe esa capacidad. La respuesta larga, sin embargo, es más interesante: entre 2025 y 2026 la ciencia ha comenzado a simular, por primera vez con cierto detalle, qué ocurriría si lo intentáramos, y los resultados obligan a una prudencia absoluta.

Para entender la magnitud del desafío hay que recordar qué es realmente El Niño. No se trata de una tormenta ni de una anomalía local, sino de la fase cálida del ENSO (El Niño-Oscilación del Sur), un ciclo de acoplamiento entre el océano y la atmósfera que reorganiza la circulación planetaria. Sus “teleconexiones” explican por qué un calentamiento del Pacífico ecuatorial puede traducirse en lluvias torrenciales en la costa de Ecuador y el norte del Perú, en sequías prolongadas en el Corredor Seco centroamericano y en la Amazonía, o en alteraciones pluviométricas profundas en el Cono Sur. La energía térmica que moviliza esta cuenca excede cualquier capacidad tecnológica humana; no hay ingenio capaz de enfriar un océano a voluntad, y pretenderlo confunde la escala de la meteorología local con la de la climatología global.

El interés por intervenir nace de la geoingeniería climática, un campo que hoy avanza de forma desigual en dos direcciones. La primera, la eliminación de dióxido de carbono (CDR), ya tiene aplicaciones comerciales tempranas: la planta Mammoth de Climeworks en Islandia, con una capacidad diseñada de 36,000 toneladas anuales, convive con proyectos de biocarbón, meteorización de rocas y captura en biomasa. La segunda, la modificación de la radiación solar (SRM), busca reflejar parte de la luz solar hacia el espacio mediante aerosoles estratosféricos o el blanqueamiento de nubes marinas, y permanece casi exclusivamente en el terreno del modelado. Ninguna de las dos constituye, a fecha de hoy, una herramienta operativa contra El Niño.

Precisamente sobre esa segunda rama se han publicado los estudios más relevantes de los últimos dos años. En 2025, un trabajo de C. Xing y colaboradores en Earth's Future mostró mediante simulaciones que el blanqueamiento de nubes marinas en el Pacífico oriental subtropical podría reducir la variabilidad del ENSO en torno a un 61 %, al enfriar la superficie marina y debilitar las interacciones aire-mar que alimentan el fenómeno. Un año después, una investigación liderada por Jessica Wan y publicada en Science Advances exploró intervenciones más quirúrgicas: rociar aerosoles de sal marina para atenuar un episodio extremo antes de que alcance su máxima intensidad. El hallazgo fue condicional y revelador: solo las intervenciones más tempranas y prolongadas lograban restaurar condiciones neutrales del ENSO y debilitar sus teleconexiones.

Esa promesa, sin embargo, choca con una advertencia central de la física del clima. Investigaciones difundidas por la Universidad de California en Santa Bárbara en 2025 subrayaron que sembrar nubes con fines climáticos podría alterar El Niño y, con ello, reorganizar el régimen de lluvias de regiones enteras. Enfriar artificialmente el Pacífico para proteger a un país podría desplazar la sequía hacia otro: modificar la Zona de Convergencia Intertropical o la circulación monzónica tiene consecuencias asimétricas que ningún modelo puede prever con fiabilidad regional. A ello se suma el riesgo de “rebote”, es decir, que al suspender la intervención el calor oceánico retenido se exprese de golpe en un evento más violento. Por eso la comunidad científica presenta estos trabajos como evaluaciones de riesgo, no como manuales de aplicación.

Es en este contexto donde cobra sentido la extensa infraestructura de investigación que Estados Unidos mantiene alrededor del planeta. Agencias como la NASA, la NOAA y la Fundación Nacional de Ciencias operan satélites de observación —las series GOES y JPSS, junto a misiones como SWOT— que miden temperatura superficial del mar, salinidad, vientos y humedad del suelo. En el océano, la red de boyas TAO/TRITON, desarrollada conjuntamente con Japón, monitoriza el Pacífico ecuatorial en tiempo real, acompañada de redes hermanas en el Atlántico y el Índico. Esta arquitectura no está diseñada para modificar el clima; está diseñada para observarlos con la precisión necesaria para anticiparlo, y sus datos se comparten internacionalmente a través de la Organización Meteorológica Mundial.

La visibilidad de esos satélites y estaciones ha alimentado, no obstante, mitos persistentes. El caso más conocido es HAARP, el programa de investigación ionosférica de Alaska transferido en 2015 a la Universidad de Alaska Fairbanks, cuyos objetivos reales eran las comunicaciones de radio y los sistemas de navegación, no la meteorología troposférica. La NOAA ha recordado públicamente que no modifica el tiempo ni dirige programas de siembra de nubes, y la OMM sostiene que no existe evidencia aceptada de que fenómenos como los ciclones puedan controlarse. La siembra local sí existe —Estados Unidos, China o Emiratos Árabes la practican para intentar incrementar nieve o lluvia—, pero sus efectos son marginales y regionales. Que un experimento de blanqueamiento marino propuesto en Alameda, California, fuera cancelado tras la oposición ciudadana ilustra además que el principal obstáculo no es solo técnico, sino de confianza y gobernanza.

La resumen para América Latina es, por tanto, inequívoca: el camino viable no pasa por domar al océano, sino por aprender a anticiparlo y a resistirlo. Los sistemas de alerta temprana, los observatorios nacionales como el peruano del Fenómeno El Niño y los pronósticos que hoy se emiten con seis a nueve meses de antelación han demostrado ser herramientas más eficaces que cualquier intervención hipotética. A ellos deben sumarse reservorios y cosecha de agua, semillas resistentes al calor, calendarios de siembra ajustados, drenajes urbanos y reforestación de cuencas. Y, sobre todo, reducción de emisiones; el cambio climático de fondo no inventa El Niño, pero sí intensifica sus extremos. La ciencia contemporánea no ofrece un botón para apagar el fenómeno; ofrece algo más modesto y más valioso, la capacidad de prepararnos para él.

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