La paradoja del antifujimorismo; cuando el enemigo histórico ya no es el unico villano
- Alfredo Arn
- hace 2 días
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El fantasma que ya no asusta igual; durante quince años, el antifujimorismo fue la fuerza gravitacional de la política peruana. Un imán negativo que unió a progresistas, liberales, nacionalistas y apolíticos bajo una sola consigna: cualquiera menos Keiko. Este fenómeno derrotó tres veces a la candidata de Fuerza Popular —en 2011, 2016 y 2021— y se consolidó como la identidad política más poderosa del país.
Pero el 12 de abril de 2026 cambió las reglas del juego. Cuando los peruanos despertaron el domingo de la primera vuelta, se encontraron con un escenario inédito: Keiko Fujimori avanzaba a la segunda vuelta no como la amenaza hegemónica de siempre, sino como una candidata debilitada, con apenas 16.9% de votos válidos, superando marginalmente a Rafael López Aliaga y escoltada de cerca por Jorge Nieto, Ricardo Belmont y el comediante Carlos Álvarez. La pregunta que ahora agita las esferas políticas ya no es si el antifujimorismo vencerá. Es más incómoda: ¿contra quién se movilizará, cuando el rival de Keiko podría ser otro candidato de derecha dura?
El dilema del voto antisistema, la segunda vuelta del 7 de junio podría enfrentar a dos candidatos que, en términos ideológicos, comparten más de lo que diferencian. Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga —el escenario más probable según proyecciones de Datum/Ipsos — representan variantes del mismo fenómeno; derecha autoritaria, discurso de mano dura, y rechazo al establishment tradicional.
La diferencia es de matices. Keiko encarna el continuismo, la maquinaria partidaria heredada de su padre, la capacidad de negociación parlamentaria que ha mantenido a Fuerza Popular como fuerza de veto durante una década. López Aliaga representa la ruptura; el empresario outsider que promete "meter presos a los corruptos en 24 horas", el bukelismo limeño que seduce a un electorado harto de la ineficiencia institucional.
Para el antifujimorismo histórico —aquellos que votaron por PPK en 2016 y por Pedro Castillo en 2021 para evitar a Keiko— esta elección presenta una paradoja existencial. No hay candidato "menos malo" claro. Votar por López Aliaga implica apoyar a alguien que comparte el discurso autoritario que rechazan en los Fujimori. Votar por Keiko significa legitimar a la familia que consideran responsable de la degradación democrática del país. La tercera opción —la abstención— podría ser la ganadora invisible.
El antifujimorismo nunca fue un bloque homogéneo. En 2011, reunió a progresistas limeños con votantes rurales que temían el retorno de la violencia. En 2016, sumó a la élite empresarial preocupada por la inestabilidad económica. En 2021, se radicalizó; fue el voto de los jóvenes urbanos, de las regiones, de quienes veían en Keiko la continuidad del "golpismo parlamentario" que vacó a Vizcarra y encumbró a Merino.
Hoy, ese mapa se ha fracturado. Las encuestas de balotaje previas a la primera vuelta mostraban escenarios fragmentados. En algunas proyecciones, Carlos Álvarez —el humorista que imitó a Fujimori durante años en televisión— aparecía como tercer nombre con potencial de crecimiento . En otras, Jorge Nieto y Ricardo Belmont competían por el voto del "cambio moderado". La dispersión era tal que ningún candidato no-fujimorista lograba consolidar una base sólida de más del 20%.
Esta atomización obliga a una pregunta incómoda: ¿puede el antifujimorismo organizarse sin un líder claro? En elecciones anteriores, la figura del rival —primero Ollanta Humala, luego PPK, finalmente Pedro Castillo— canalizaba el rechazo hacia una opción concreta. Ahora, el voto antifujimorista está disperso entre múltiples candidatos que no lograron superar los 13% en la primera vuelta.
La trampa de la polarización simulada, si la segunda vuelta confirma el cruce Fujimori-López Aliaga, el Perú enfrentará una paradoja democrática; una elección aparentemente polarizada entre dos candidatos ideológicamente cercanos. Ambos prometen orden. Ambos critican al "sistema corrupto". Ambos tienen historiales cuestionados —Keiko por los aportes a sus campañas anteriores, López Aliaga por sus declaraciones controversiales y su gestión en la Municipalidad de Lima. La diferencia es de estilo, no de sustancia.
Esta simulación de polarización podría beneficiar a Keiko. Por primera vez en sus cuatro candidaturas presidenciales, no sería ella la opción más radical en la papeleta. López Aliaga, con su discurso bukelista de "mano dura sin miramientos", la hace parecer moderada por comparación. Es un efecto óptico que podría reconfigurar el mapa electoral.
El analista político Fernando Tuesta señalaba antes de la primera vuelta que el fujimorismo había perdido la "hegemonía ideológica en la derecha". Pero esa pérdida tiene un reverso; al ya no ser la única opción autoritaria, Keiko puede redefinirse como la "responsable" frente al "aventurero".
Hay un elemento que complica cualquier proyección: el colapso de la confianza en las instituciones. El 54% de los peruanos cree que la democracia puede funcionar sin partidos políticos. El 91% considera que los partidos existentes no los representan. Y entre quienes votaron el 12 de abril, muchos lo hicieron con resignación más que con esperanza. En este contexto, el antifujimorismo tradicional —basado en la defensa de las instituciones democráticas contra la "amenaza autoritaria"— pierde fuerza narrativa. Si la democracia ya no inspira, defenderla de Keiko pierde urgencia emocional.
López Aliaga capitaliza este vacío. Su discurso no es de defensa institucional, sino de destrucción creativa: "todo está roto, necesitamos alguien que rompa más para reconstruir". Es un mensaje que resuena en un país donde siete presidentes diferentes han ocupado Palacio de Gobierno en la última década, ninguno completando su mandato.
Escenarios para el 7 de Junio
Escenario A: La coalición del rechazo
Si los candidatos derrotados en primera vuelta —Nieto, Belmont, Álvarez, Sánchez— logran articular un voto útil antifujimorista masivo, Keiko podría enfrentar su cuarta derrota consecutiva. Esto requeriría que López Aliaga (o quien sea su rival) logre moderar su discurso lo suficiente para no espantar al centro, manteniendo su base dura.
Escenario B: La guerra de desgaste
Una campaña centrada en ataques personales, donde ambos candidatos se acusan mutuamente de corruptos e incompetentes. En este escenario, gana quien logre movilizar más a su base dura. Keiko tiene la maquinaria partidaria; López Aliaga tiene el factor sorpresa y el apoyo de sectores empresariales desencantados con el fujimorismo.
Escenario C: La abstención masiva
Si el antifujimorismo no encuentra candidato viable y el fujimorismo no logra entusiasmar a su base, la segunda vuelta podría tener la participación más baja de la historia republicana. Esto beneficiaría a quien tenga el núcleo duro más fiel —históricamente, los Fujimori.
En resumen, el 12 de abril de 2026 marcó el fin de una certeza; que el antifujimorismo, por sí solo, puede decidir elecciones presidenciales en el Perú. El fenómeno sigue existiendo —el rechazo a la familia Fujimori sigue siendo el sentimiento político más compartido del país— pero ya no tiene un recipiente electoral claro donde verterse.
La segunda vuelta del 7 de junio no será, como en el pasado, una contienda entre democracia y autoritarismo, entre cambio y continuismo. Será algo más complejo y quizás más sombrío; una elección entre variantes del descontento, donde el voto se define menos por esperanza que por miedo diferido.
Keiko Fujimori, la candidata que nunca pudo ganar, podría finalmente lograrlo no porque haya conquistado nuevos adeptos, sino porque el sistema que la contenía se ha vuelto tan fragmentado como ella misma. Y eso, en la política peruana, sería la victoria más paradójica de todas.
La segunda vuelta electoral se realizará el domingo 7 de junio de 2026. Los peruanos elegirán también a 60 senadores y 130 diputados en el retorno del sistema bicameral después de 34 años.



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