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Perú en la encrucijada: F-16, cables submarinos y el precio de la indefinición

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • hace 20 horas
  • 6 Min. de lectura

El momento más complejo de la política exterior peruana. Perú enfrenta hoy una de las encrucijadas más complejas de su historia reciente. Lo que comenzó como una postergación técnica en la compra de 24 aviones F-16 a Estados Unidos ha destapado una madeja de contradicciones internas que involucran al estatus de aliado no miembro de la OTAN, la creciente influencia china materializada en el megapuerto de Chancay y un proyecto de cable submarino de fibra óptica que podría convertir al país en el hub digital de Sudamérica. El gobierno interino de José María Balcázar, atrapado entre su falta de legitimidad para asumir compromisos de largo plazo y la urgencia de modernizar unas Fuerzas Armadas con flota obsoleta, ha optado por la estrategia del péndulo; balancearse entre Washington y Pekín sin definirse por ninguno. Pero en geopolítica, como han advertido analistas de todo el espectro, no decidir es también una decisión, y a menudo la más costosa.

El escenario A: Alineamiento con Estados Unidos y la OTAN

El primer camino posible es el de una profundización del vínculo con Washington, aprovechando el reciente estatus de aliado principal no miembro de la OTAN (MNNA). En este escenario, el próximo gobierno —electo en 2026— retomaría la compra de los F-16, firmaría los contratos y aceleraría la modernización de la Fuerza Aérea con entrenamiento y doctrina estadounidense. Las consecuencias de esta decisión serían inmediatas y profundas. Por un lado, Perú consolidaría su posición como el socio militar más confiable de Estados Unidos en la región andina, lo que podría traducirse en mayor cooperación en inteligencia, acceso a tecnología satelital y un respaldo tácito en disputas regionales. Por otro lado, este alineamiento implicaría frenar —o al menos congelar— los proyectos estratégicos con China. El cable submarino Perú-China quedaría en suspenso, y el megapuerto de Chancay, ya operativo, sería monitoreado con lupa por la administración estadounidense bajo la sospecha de posibles usos militares encubiertos. La contradicción interna se resolvería por la fuerza: Perú se convertiría en un aliado occidental inequívoco, pero a costa de renunciar a una parte significativa de su relación comercial con su principal socio minero.

El escenario B: Acercamiento a los BRICS y giro hacia el Este

El segundo camino, más radical pero cada vez más mencionado en círculos académicos y diplomáticos, sería el ingreso de Perú al bloque de los BRICS. Este movimiento no ocurriría de la noche a la mañana, pero podría ser impulsado por un gobierno con mayor autonomía frente a Washington, especialmente si las tensiones dentro de la OTAN continúan profundizándose. Las consecuencias de esta decisión serían igualmente transformadoras. Perú ganaría acceso al Nuevo Banco de Desarrollo con sede en Shanghái, una fuente de financiamiento en monedas no dólar que reduciría su dependencia del FMI y del Banco Mundial. El cable submarino con China pasaría de ser un proyecto bilateral a convertirse en la columna vertebral digital del bloque en Sudamérica. Sin embargo, el costo sería severo: el estatus de aliado de la OTAN se perdería casi con certeza, y el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos —vigente desde 2009— quedaría sujeto a revisiones que podrían afectar al 15% de las exportaciones peruanas. La compra de los F-16 sería cancelada definitivamente, y Perú buscaría alternativas en aviones rusos, chinos o europeos, con todo lo que ello implica en términos de interoperabilidad y doctrina militar.

El escenario C: La estrategia del péndulo y sus riesgos

El tercer camino es, en realidad, el que Perú viene transitando actualmente: la indefinición estratégica. En este escenario, el gobierno interino posterga las decisiones duras, el próximo gobierno hereda una agenda inconclusa y el país continúa intentando sacar ventaja de ambas potencias sin comprometerse plenamente con ninguna. Las consecuencias de esta estrategia, ya visibles en las reacciones del embajador estadounidense Bernie Navarro, son preocupantes. La acusación de "mala fe" por parte de Washington no fue un exabrupto diplomático, sino una advertencia: en la práctica internacional, ser percibido como un socio poco confiable tiene costos concretos. Perú podría enfrentarse a un "enfriamiento" progresivo de su relación con Estados Unidos, sin haber consolidado aún los beneficios de un acercamiento pleno a China. Mientras tanto, Pekín observa y espera, pero también despliega sus fichas: el cable submarino avanza lentamente, Chancay ya opera, y la inversión china en minería y energía continúa creciendo. El riesgo de la indefinición es terminar siendo un campo de batalla pasivo, donde las decisiones las toman otros y Perú solo reacciona.

Las contradicciones internas como factor decisivo; ninguno de estos escenarios puede entenderse sin considerar las profundas fracturas internas que atraviesan al Estado peruano. Por un lado, las Fuerzas Armadas y los sectores de la defensa presionan por una modernización inmediata y ven en los F-16 la única opción viable. Por otro lado, el empresariado vinculado a la minería y la agroexportación depende críticamente del mercado chino y no desea tensiones con Pekín. Entre ambos, un gobierno interino sin mandato popular y un Congreso fragmentado que no logra construir consensos básicos en política exterior. Esta fragmentación institucional es el caldo de cultivo perfecto para la parálisis. La lección que emerge de otros países medianos que han enfrentado dilemas similares —como Turquía, que compró misiles rusos siendo miembro de la OTAN, o Arabia Saudita, que equilibra su alianza con Washington y su relación con Pekín— es que la indefinición solo es sostenible cuando el país posee activos estratégicos irremplazables. Perú tiene cobre, pero no es el único; tiene Chancay, pero no es el único puerto; tiene un estatus MNNA, pero es revocable.

El factor OTAN y la fiabilidad de Estados Unidos, un elemento que añade complejidad al análisis es la propia crisis interna de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. La administración Trump ha calificado a la alianza de "títere de papel", ha sugerido abandonarla y ha entrado en confrontación abierta con socios europeos por el conflicto en Oriente Medio. Para un país como Perú, que acaba de recibir el estatus de aliado no miembro, esta situación plantea una pregunta incómoda: ¿de qué sirve alinearse con una potencia que cuestiona sus propios compromisos históricos? La erosión de la confianza dentro de la OTAN envía una señal clara a los países periféricos: Estados Unidos prioriza sus intereses unilaterales por encima de sus alianzas, incluso con socios de décadas. En este contexto, apostar todo a Washington puede ser tan arriesgado como hacerlo a Pekín. La diferencia es que China no exige lealtad militar ni condiciona su inversión a cambios en la doctrina de defensa; simplemente compra, vende y construye. Esta asimetría entre el poder duro estadounidense y el poder blando chino es el telón de fondo que ningún análisis peruano puede ignorar.

El horizonte 2026; elecciones y definiciones. El calendario electoral peruano impone una fecha límite: julio de 2026, cuando finaliza el mandato del gobierno interino y asume una nueva administración con plena legitimidad democrática. Los candidatos ya comienzan a posicionarse. Algunos, más cercanos al establishment limeño y a las Fuerzas Armadas, probablemente retomarán la compra de los F-16 y buscarán recomponer la relación con Washington. Otros, con base regional y mirada hacia Asia Pacífico, podrían explorar el ingreso a los BRICS y acelerar los proyectos de infraestructura digital con China. Un tercer grupo, más ambiguo, intentará mantener el péndulo. La elección de 2026 no será solo un recambio de autoridades; será un plebiscito sobre la identidad internacional del Perú. Los votantes, aunque rara vez lo expliciten, estarán decidiendo entre el dólar y el yuan, entre los F-16 y el cable submarino, entre la OTAN y los BRICS. Las encuestas aún no reflejan esta dimensión geopolítica del debate, pero los analistas advierten que, a medida que la campaña avance, el tema se volverá ineludible.

El precio de la madurez estratégica; Perú se encuentra en una posición inusual para un país de su tamaño y tradición diplomática. Durante décadas, su política exterior se caracterizó por un pragmatismo silencioso: buenas relaciones con todos, alianzas con ninguno. Ese lujo ya no existe. El mundo retornó a la lógica de bloques, y los países medianos deben elegir. La lección que dejan los análisis previos sobre los F-16, el cable submarino, el estatus MNNA y los BRICS es clara: la indefinición prolongada es más costosa que cualquier definición, por equivocada que esta pueda parecer. Si Perú elige alinearse con Estados Unidos, deberá asumir el costo de una relación asimétrica con su principal socio comercial. Si elige acercarse a China, deberá resignar su estatus militar occidental y enfrentar las represalias de Washington. Si intenta mantenerse en el medio, deberá aceptar la presión constante de ambas potencias y el riesgo de quedar rezagado en la carrera por la modernización militar y digital. No hay opciones sin costos. La madurez estratégica, para un país como Perú, consiste precisamente en eso: elegir sabiendo que toda elección implica una pérdida, y que el peor error es no elegir. El péndulo, por esta vez, debería detenerse.

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