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Los señores de la sombra: cómo una nueva clase de operadores políticos redefine el poder en América Latina

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • hace 1 día
  • 5 min de lectura

En la política latinoamericana del siglo XXI ha emergido una figura que no aparece en las boletas electorales ni rinde cuentas ante los congresos, pero que en muchos casos decide más que los propios ministros: el consultor político digital, el estratega de la sombra que ejerce poder sin necesidad de un cargo público. Son los llamados "consultores que gobiernan sin gobernar", una nueva aristocracia transnacional que opera desde laptops, agencias de lobby y granjas de bots, moviendo hilos en Buenos Aires, Brasilia, La Paz, Lima y Ciudad de México. Su método no es la militancia partidaria tradicional ni el clientelismo de patio, sino la manipulación algorítmica de la percepción pública, la desinformación industrializada y el acceso directo a presidentes que, en muchos casos, dependen más de ellos que de sus gabinetes formales.

El caso paradigmático es el del argentino Fernando Cerimedo, un consultor de comunicación que pasó de vender un departamento ya escriturado en Mar del Plata a asesorar campañas presidenciales en Argentina, Brasil y Bolivia. Sin haber ocupado jamás un cargo estatal, Cerimedo fue el segundo donante individual más importante de la campaña de Javier Milei, visitó la Casa Rosada trece veces en seis meses y facilitó la entrevista del presidente argentino con Tucker Carlson. Operaba desde su agencia Numen y el portal La Derecha Diario, confesando públicamente que manejaba trolls, cuentas falsas y campañas negativas. Su caída en agosto de 2026 —detenido en Bolivia por tentativa de femicidio y vinculado al narcotráfico— solo expuso lo que su trayectoria ya insinuaba: que el poder real en la región ya no necesita pasar por las urnas.

Cerimedo no es una excepción, sino la punta de lanza de un ecosistema regional. En Argentina, Santiago Caputo —apodado "el Mago del Kremlin"— forma parte del "triángulo de hierro" del poder junto a Milei y su hermana Karina, controlando la comunicación presidencial y un ejército de trolls desde una posición formal de asesor. En Brasil, André Golabek, fundador de la consultora panameña Venqis, ha sido vinculado a granjas de bots que operaron en Venezuela, Panamá, Bolivia y República Dominicana, incluyendo la aplicación gubernamental VenApp que captura datos de millones de ciudadanos. En México, César Hernández y su agencia Neurona representan el espejo izquierdista del fenómeno: asesoró a López Obrador, Maduro, Correa y Evo Morales, cobrando 1.8 millones de dólares en contratos con el gobierno boliviano. Todos comparten el mismo manual: crear realidades paralelas mediante portales digitales falsos, cuentas inauténticas y narrativas emocionales diseñadas para fragmentar el debate público.

La infraestructura tecnológica que hace posible este modelo proviene en gran medida de Estados Unidos. Brad Parscale, exjefe de campaña digital de Donald Trump y heredero de Cambridge Analytica, vende a través de sus empresas Campaign Nucleus y Eyes Over la maquinaria de microsegmentación emocional y monitoreo de conversaciones que convierte a candidatos sin convicciones firmes en productos manipulables desde un tablero de control. Parscale ha asesorado campañas en Honduras, Argentina y Bolivia, siendo socio de negocios del propio Cerimedo. Cambridge Analytica, respaldada con decenas de millones de dólares del billonario republicano Robert Mercer y nombrada por Steve Bannon, trabajó en más de cien elecciones en treinta países, incluyendo Colombia, Perú, México y Brasil, demostrando que la exportación de tecnología electoral norteamericana no es un fenómeno reciente, pero sí se ha acelerado con la era Trump.

Más allá de la tecnología, los operadores estadounidenses han construido un eje institucional de influencia directa. En febrero de 2025, la SIDE argentina firmó un contrato con Tactic Global, una firma de lobby creada meses antes por figuras clave del trumpismo como Barry Bennett y Matt Schlapp, presidente de CPAC. Bennett se convirtió en una especie de virrey no oficial en Buenos Aires, llevando demandas y promesas de apoyo directamente desde Washington en ausencia de un embajador estadounidense. CPAC, por su parte, se ha transformado en el hub transnacional de la derecha, organizando eventos en Brasil, México, Argentina y Japón, donde intercambian no solo ideas, sino operadores, financiamiento y estrategias. En CPAC Argentina de diciembre de 2024 participaron Milei, Lara Trump, Eduardo Bolsonaro y Rafael López Aliaga, con mensajes de Bannon y Bolsonaro, consolidando una red que funciona como diplomacia paralela basada en afinidad ideológica.

Perú ilustra las particularidades locales de este fenómeno. A diferencia de Argentina, donde el operador digital puro domina, en el Perú la influencia se ha manifestado de manera más híbrida. El estratega venezolano Juan José Rendón, vinculado a campañas de guerra sucia en múltiples países, fue contratado por Luis Castañeda Lossio en 2011 y acusado de promover desinformación contra rivales como Alejandro Toledo. Fuerza Popular, por su parte, ha operado una red documentada de "fujitrolls" —cuentas falsas manejadas por personal del Congreso— para atacar opositores y periodistas, llegando a invertir más de 615,000 soles en una campaña internacional con cinco empresas extranjeras. Sin embargo, el caso de Pedro Castillo en 2021 demostró la excepción: una campaña que llegó a la presidencia sin operadores profesionales del estilo Cerimedo, construida orgánicamente desde comunidades rurales en Facebook y WhatsApp, lo que sugiere que el modelo de "consultor que gobierna sin gobernar" aún compite con la política territorial tradicional.

El método común a todos estos operadores, sea de derecha o de izquierda, es la confusión deliberada entre comunicación política y guerra de información. Su arsenal incluye granjas de bots que simulan consenso, portales satélite que se disfrazan de medios independientes, encuestas fraudulentas que alteran la percepción pública y campañas de odio coordinadas que persiguen críticos y periodistas. No buscan convencer con argumentos, sino colonizar la conversación digital, saturar el espacio público con ruido hasta que la verdad y la mentira se vuelvan indistinguibles. Como el propio Cerimedo declaró, "ser de derecha hoy ya no es motivo de vergüenza", pero lo que realmente define a estos operadores no es su ideología, sino su cinismo: son mercenarios del algoritmo dispuestos a vender su infraestructura al mejor postor, ya sea un libertario, un chavista o un empresario desesperado por evitar una reforma tributaria.

La pregunta que plantea este fenómeno no es menor: ¿qué queda de la democracia representativa cuando quienes realmente toman decisiones no aparecen en ningún organigrama estatal, no rinden cuentas ante ningún ciudadano y operan desde jurisdicciones extranjeras? Los operadores políticos digitales han creado una nueva forma de poder, opaco, transnacional y algorítmico, que socava desde dentro los mecanismos de control y transparencia que el siglo XX consideró esenciales para la política republicana. Mientras los jurados electorales de la región alertan sobre el auge de contenidos manipulados con inteligencia artificial y campañas coordinadas de trolls para las elecciones venideras, estos señores de la sombra ya no son una anomalía: son la nueva normalidad del poder en América Latina. Y como toda normalidad, solo se revela como amenaza cuando alguien se atreve a encender la luz.

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