top of page

La industria del miedo: cómo los partidos de Peru monetizan la inseguridad

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • 28 feb
  • 3 Min. de lectura

En el Perú contemporáneo, la inseguridad ciudadana ha dejado de ser únicamente un problema de orden público para convertirse en la moneda de cambio más valiosa del debate político. Bajo lo que algunos analistas denominan la "República del Miedo", la percepción de caos y desprotección no es solo un reflejo de la realidad criminal, sino un constructo narrativo alimentado por las élites gobernantes. Este fenómeno trasciende las ideologías tradicionales, instalándose como el eje central sobre el cual giran las estrategias de supervivencia de un mundo partidario fragmentado y desprestigiado.

Fuerza Popular y Renovación Popular han perfeccionado el discurso de la "mano dura", presentándose como los únicos salvadores frente a una supuesta anarquía promovida por sus adversarios. Para estos grupos, la inseguridad se instrumentaliza para vincular la delincuencia común con proyectos políticos opuestos, creando un enemigo interno que justifica medidas autoritarias. Al pintar un escenario de colapso inminente, no solo buscan votos, sino legitimar un control más estricto sobre las instituciones democráticas, argumentando que la libertad debe ceder paso a la seguridad.

Por otro lado, sectores como Perú Libre y otras bancadas de izquierda utilizan la narrativa de la inseguridad desde una perspectiva estructural, pero a menudo caen en la parálisis o en la exacerbación del conflicto social. Al atribuir el crimen exclusivamente a la desigualdad o al abandono estatal sin proponer soluciones inmediatas efectivas, generan una sensación de incertidumbre sobre la capacidad del Estado para proteger al ciudadano. En ocasiones, su retórica anti-sistema, aunque busca justicia social, alimenta el temor de los sectores medios sobre una posible desinstitucionalización del país.

La convergencia de estos discursos opuestos crea un círculo vicioso donde la inseguridad se fabrica y amplifica mutuamente. Mientras la derecha advierte sobre el "comunismo criminal", la izquierda alerta sobre el "fascismo securitario", y en medio de este fuego cruzado, el ciudadano común queda atrapado. El arco partidario en su conjunto se beneficia de esta polarización, pues el miedo es un movilizador electoral más potente que la esperanza, permitiendo a los líderes mantenerse relevantes sin necesidad de mostrar resultados tangibles en la reducción de la violencia.

Los medios de comunicación, frecuentemente alineados con intereses políticos específicos, actúan como cajas de resonancia para esta estrategia de manufactura del miedo. La cobertura sensacionalista de los crímenes, sin contexto estadístico ni análisis de fondo, alimenta la percepción de que el país es ingobernable. Esta dinámica es aprovechada por los congresistas y líderes de partido para aparecer en los noticieros proponiendo leyes simbólicas que no atacan las raíces del problema, pero que sirven para mantener el tema en la agenda pública bajo sus términos.

El resultado de esta manipulación es la erosión de la confianza en las instituciones democráticas y el fortalecimiento de soluciones populistas. Cuando la población cree que vive en una "República del Miedo", está más dispuesta a aceptar medidas de excepción que vulneran derechos fundamentales a cambio de una promesa de orden. Así, el sistema político utiliza la vulnerabilidad de la gente para blindarse, distrayendo la atención de los escándalos de corrupción o la ineficiencia legislativa mediante la cortina de humo de la seguridad ciudadana.

En cada ciclo electoral, esta dinámica se reinicia con mayor intensidad, convirtiendo el dolor de las víctimas en capital político. Los partidos no compiten sobre quién tiene el mejor plan de prevención o reinserción social, sino sobre quién grita más fuerte contra el delito. La inseguridad se mercantiliza, y los candidatos venden fórmulas mágicas que saben que no podrán cumplir, pero que les aseguran una base de apoyo fiel alimentada por la angustia y la necesidad de protección inmediata.

Romper con la "República del Miedo" exige una ciudadanía crítica que distinga entre la gestión real de la seguridad y la retórica del terror. Mientras el arco partidario siga encontrando en la inseguridad un recurso para gobernar, el Perú permanecerá estancado en una crisis perpetua. Es necesario desvincular la lucha contra el crimen de la pugna ideológica y exigir políticas de Estado sostenibles, entendiendo que el miedo no es una herramienta de gobierno, sino el síntoma de un sistema que ha fallado en su promesa fundamental de proteger a sus habitantes.

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page