La fe que nos une; mi familia y el Señor de la Soledad
- Alfredo Arn
- hace 1 día
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En mi casa de Huaraz, la llegada de mayo transforma nuestra rutina familiar. Desde que tengo memoria, mi abuela paterna nos despierta al amanecer del 1 de mayo con el aroma del incienso y el sonido de las campanas del templo. Para nosotros, el Señor de la Soledad no es solo el patrón de la ciudad; es el centro espiritual de nuestra familia. Mi padre, que ahora tiene sesenta años, me cuenta cómo su abuelo cargaba las andas en las procesiones, y esa tradición se ha mantenido viva. Cada año, mi hermano mayor se une a los cargadores, mientras que las mujeres de la casa preparamos las velas y los rezos para las novenas que anteceden al 3 de mayo.
La preparación en casa comienza semanas antes. Mi madre y mis tías organizan la lista de ingredientes para los platos que ofreceremos: el picante de cuy, la sopa de trigo con carne y el chicharrón con mote. En nuestra cocina, el aroma de la chicha de jora fermentándose anuncia que la fiesta se acerca. Los domingos previos, toda la familia se reúne para pelar papas, cortar carne y contar historias de años anteriores. Es en esas tardes donde los más pequeños aprenden por qué amamos al Señor de la Soledad; no solo por los milagros que se le atribuyen, sino por la unión que genera entre nosotros.
El día central, el 3 de mayo, amanece con una emoción especial. Después de la misa de madrugada, caminamos juntos hacia la Plazuela La Soledad, donde ya nos esperan vecinos y familiares. Mi abuela, con sus ochenta años, insiste en ir a pie, como lo ha hecho toda su vida, sosteniendo mi mano mientras recita el rosario. Los niños corren entre las piernas de los adultos, ansiosos por ver los fuegos artificiales y comer picarones con chancaca. En esos momentos, la plaza se convierte en el patio de una sola gran familia huaracina, donde todos comparten lo que traen de casa.
Durante la Octava, del 8 al 12 de mayo, nuestra familia se vuelca a apoyar a los danzantes del barrio. Mi primo es uno de los Shacshas, y desde pequeño soñó con bailar vestido de blanco y azul, con sus campanillas y su sombrero adornado. Todos los años, mis tíos ahorran durante meses para costear su vestimenta, y mi tía le prepara la comida que llevará durante los días de danza. El "Rompe" del 8 de mayo es especial: vamos a la casa de la caporala a desearle suerte, y luego acompañamos a los danzantes hasta el templo, donde piden permiso al Señor para bailar. Es un momento de orgullo ver a mi primo entre los danzantes, sabiendo que detrás de él hay una familia entera que lo sostiene.
La noche del 12 de mayo, la Colocación, es la más emotiva para nosotros. Cuando descienden al Señor de la Cruz y lo llevan a su urna, mi abuela no puede contener las lágrimas. Ella dice que es como ver partir a un familiar querido. Los danzantes, agotados pero felices, se despiden prometiendo volver el próximo año, pidiendo por la salud de sus padres y el trabajo de sus hermanos. En nuestra casa, encendemos velas y rezamos juntos, agradeciendo por un año más de protección. Mi madre siempre repite la misma frase: "El Señor nos ha cuidado, y nosotros debemos cuidar la tradición."
Cuando termina mayo, la vida vuelve a la normalidad, pero algo queda diferente en nuestra familia. Los más jóvenes ya saben que deben prepararse para cargar las andas o bailar en el futuro; las recetas quedan anotadas para el siguiente año; y las fotos de la procesión se guardan junto a las de generaciones pasadas. Celebrar al Señor de la Soledad no es solo una fiesta religiosa para nosotros; es la manera en que los huaracinos como mi familia reafirmamos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, siempre unidos por la fe en nuestro patrón.



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