La educación peruana en la encrucijada geopolítica: claves para un camino soberano
- Alfredo Arn
- 25 ene
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La creciente rivalidad entre potencias globales y la fragmentación del orden internacional plantean desafíos complejos para países como Perú, cuyos sistemas educativos enfrentan riesgos de influencias ideológicas, dependencia tecnológica y desestabilización de políticas públicas. En este escenario, mejorar la educación requiere convertirla en un bien estratégico de Estado, blindado de los vaivenes políticos internos y las presiones externas. Un pacto nacional que garantice presupuesto, continuidad curricular y evaluación meritocrática es el primer paso para construir una educación que trascienda ciclos de gobierno y oscilaciones geopolíticas.
La soberanía educativa exige un currículo autónomo y contextualizado, que priorice el pensamiento crítico, la ciudadanía global y la valoración de la diversidad peruana. Frente a narrativas polarizantes importadas, la escuela debe formar estudiantes capaces de analizar la realidad con herramientas intelectuales propias, fomentando el diálogo antes que la adhesión imitativa de modelos foráneos. Esto implica, además, una diplomacia educativa pragmática; cooperar con múltiples actores —desde la UNESCO y la OCDE hasta redes de investigación latinoamericanas y asiáticas— sin alinearse de manera exclusiva con ningún bloque.
La brecha digital se ha convertido en un factor de vulnerabilidad geopolítica. Depender de plataformas tecnológicas o contenidos educativos controlados por potencias en conflicto pone en riesgo la privacidad y la autonomía pedagógica. Urge invertir en infraestructura digital soberana —como repositorios nacionales de recursos educativos— y acelerar la conectividad rural mediante alianzas diversas, reduciendo así asimetrías que perpetuán la exclusión.
El docente peruano debe ser revalorizado como agente clave de estabilidad social. Esto exige no solo mejoras salariales y formativas, sino también capacitación en mediación de conflictos y análisis geopolítico, para que guíe a los estudiantes en la interpretación de un mundo turbulento. Un magisterio fortalecido es un antídoto contra la desinformación y la polarización.
Las competencias del futuro deben incluir resiliencia, adaptabilidad y manejo de incertidumbre. Priorizar habilidades STEM vinculadas a potencialidades nacionales —como la gestión sostenible de recursos naturales— permitirá a Perú insertarse en cadenas globales de valor con mayor autonomía. La educación técnica y tecnológica, en diálogo con sectores productivos locales, puede reducir la dependencia de conocimientos importados.
En un contexto de posible desaceleración económica global, la financiación educativa debe protegerse mediante fondos de contingencia y cooperación internacional diversificada. Mecanismos como los bonos de impacto social o alianzas con organismos multilaterales pueden complementar el presupuesto nacional, siempre que se preserve la rectoría del Estado sobre los objetivos educativos.
Finalmente, la educación peruana tiene la oportunidad de convertirse en un espacio de unidad y construcción de futuro, siempre que se enfoque en lo esencial; formar ciudadanos críticos, éticos y preparados para transformar los desafíos globales en oportunidades para el desarrollo nacional. En medio de las tormentas geopolíticas, el faro debe ser siempre el interés superior de las nuevas generaciones.







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