La soberanía perdida: Cómo los Smartphones ponen en riesgo la formación de la identidad nacional.
- Alfredo Arn
- hace 44 minutos
- 3 Min. de lectura

¿Es posible manipular la formacion de los menores y adolescentes usando los smartphones con fines geopoliticos?. La pregunta trasciende el ámbito educativo o familiar para situarse en el terreno de la geopolítica contemporánea. La respuesta es, inquietantemente, sí, es posible, y ya está ocurriendo. Los smartphones, dispositivos personales de acceso inmediato a la información y las redes sociales, se han convertido en vectores sofisticados de influencia y manipulación dirigidos específicamente a menores y adolescentes, un grupo demográfico psicológicamente maleable y digitalmente hiperconectado.
Los mecanismos de esta manipulación son múltiples y a menudo sutiles. Algoritmos de recomendación en plataformas como TikTok, YouTube o Instagram, desarrollados por empresas con sedes e intereses en potencias específicas, pueden crear burbujas de contenido que sesgan la percepción de la realidad. Estos algoritmos pueden priorizar masivamente narrativas favorables a un gobierno, desacreditar sistemáticamente a un adversario geopolítico, o magnificar conflictos sociales internos de un país rival. El contenido, presentado como entretenimiento o noticia viral, se internaliza sin el filtro crítico que un adulto podría aplicar.
Las redes sociales y juegos en línea son campos de batalla para la guerra cognitiva. Cuentas automatizadas (bots) y tropas cibernéticas (trolls) fomentan divisiones sociales, polarización política y desconfianza en las instituciones democráticas, desde una edad temprana. Los videojuegos multijugador con chats integrados y plataformas como Discord se utilizan para reclutar jóvenes en ideologías extremistas o para difundir propaganda encubierta, aprovechando el sentido de comunidad y pertenencia que buscan los adolescentes.
El soft power cultural encuentra en los smartphones su canal de difusión más eficaz. Series, música, moda y influencers promovidos por estados pueden normalizar y hacer deseables ciertos valores, estilos de vida y visiones del mundo alineados con los intereses de una nación, mientras erosionan sutilmente la identidad cultural local. Esta influencia no es meramente comercial; es una forma de ganar simpatía y lealtad a largo plazo en la futura clase dirigente y consumidora global.
Los riesgos para la soberanía cognitiva de las naciones son profundos. Una generación entera puede formarse su visión del mundo basándose en narrativas fabricadas por actores estatales extranjeros, debilitando el consenso nacional, la confianza en el sistema propio y la percepción objetiva de los acontecimientos internacionales. Esto compromete la resiliencia social futura y la capacidad de un país para definir su propio proyecto colectivo sin interferencias externas digitalizadas.
La explotación de datos (big data) es el combustible de esta maquinaria. Cada interacción, like, visualización y tiempo de atención del menor es analizada para perfilar sus miedos, deseos y vulnerabilidades. Estos datos permiten afinar los mensajes de manera micro-dirigida, creando campañas de influencia hiper-personalizadas y psicológicamente irresistibles. El menor no es solo un objetivo; es también una fuente de inteligencia valiosísima sobre las dinámicas familiares y sociales de un país.
Frente a este panorama, las respuestas tradicionales de control parental resultan insuficientes. Se requiere una acción coordinada a múltiples niveles: una alfabetización digital crítica en las escuelas que enseñe a detectar propaganda y desinformación; regulaciones estatales transparentes sobre la transparencia algorítmica y la protección de datos de menores; y una colaboración internacional para identificar y contrarrestar campañas de injerencia extranjera, respetando siempre los derechos fundamentales.
Ademas el smartphone ha democratizado el acceso al conocimiento, pero también ha democratizado la capacidad de manipulación a escala geopolítica. Los menores, en su etapa crucial de formación identitaria e ideológica, son un objetivo prioritario en la lucha por el dominio de las narrativas globales. Reconocer esta dimensión del problema es el primer paso para desarrollar defensas democráticas, fomentando una ciudadanía digital joven, informada y resiliente, capaz de discernir entre el entretenimiento, la información y la manipulación con fines de poder. El futuro geopolítico se juega, en parte, en la pequeña pantalla que un adolescente sostiene en sus manos.







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