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Entre la presión geopolítica y la urgencia de un ecosistema STEM propio

Foto del escritor: Alfredo Arn
Alfredo Arn
hace 15 minutos
4 min de lectura

La discusión sobre el fortalecimiento de las habilidades STEM (1) en el Perú ha dejado de ser un debate exclusivamente pedagógico para convertirse en un capítulo más de la competencia entre grandes potencias. La versión de que el embajador de Estados Unidos en Lima habría solicitado a las cuatro universidades peruanas que albergan Institutos Confucio clausurarlos si desean seguir recibiendo ayuda estadounidense ilustra hasta qué punto la formación científica y lingüística se ha “securitizado”. El episodio no es aislado; se enmarca en una presión más amplia vinculada al megapuerto de Chancay, considerado un riesgo por sectores militares de Washington. Para el Perú, la disyuntiva no es elegir entre Pekín y Washington, sino definir si su política STEM se subordina a intereses externos o se rige por un proyecto nacional propio.

El punto de partida interno es paradójico. Por un lado, el CONCYTEC, el MINEDU y la SUNEDU han articulado un grupo de trabajo para fortalecer la formación científica desde la escuela hasta el posgrado, con la Estrategia Nacional de Clubes de Ciencia y Tecnología y el concurso “Eureka” como pilares para promover vocaciones tempranas. Por otro, la inversión en investigación y desarrollo sigue siendo una de las más bajas de la región: aproximadamente 0.18 % del PBI, frente al 0.68 % de América Latina y el Caribe y el 2.7 % de la OCDE. Con alrededor de 370 investigadores activos por millón de habitantes —casi la mitad del promedio regional—, el país produce talento, pero carece de la infraestructura y el financiamiento para retenerlo y convertirlo en innovación.

En ese contexto, los Institutos Confucio condensan la tensión. Facilitan el aprendizaje del mandarín, una lengua clave para negociar contratos, comprender regulaciones y atraer inversiones chinas —el 36.2 % de las exportaciones peruanas en 2025 tuvo como destino China—, pero generan dudas legítimas sobre el financiamiento, la independencia académica y la influencia política. La cuestión central no debería ser la nacionalidad del cooperante, sino quién selecciona a los docentes, aprueba los materiales, administra los fondos y define los temas de discusión; ese escrutinio debe aplicarse a cualquier gobierno extranjero, no solo al chino. Clausurar los institutos por imitación de Washington sería tan poco sensato como aceptar cualquier convenio por entusiasmo comercial.

La presión estadounidense responde a una lógica de competencia geopolítica que trasciende la enseñanza de un idioma. En Estados Unidos, las restricciones federales redujeron los Institutos Confucio universitarios de alrededor de cien en 2019 a menos de cinco en 2023, una decisión política orientada a limitar riesgos aunque no demuestre que todos los centros hayan ejercido censura o vigilancia. Trasladar esa lógica a Perú sin matices ignora que el país mantiene una posición intermedia entre ambas potencias y que su identidad internacional no se reduce a la relación con una sola. La soberanía académica se defiende con transparencia y reglas claras, no con la clausura de instituciones que responden a un socio comercial estratégico.

La evidencia muestra que el Perú ya practica una diversificación pragmática. Es miembro del programa Artemis de la NASA y, simultáneamente, participa en la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) promovida por China; coopera con Francia en el proyecto PeruSAT-1, con Corea del Sur en intercambio satelital y con la Unión Europea a través de Copernicus. El proyecto lunar peruano ‘KillaSimi’ fue seleccionado para la misión china Chang’E-8, mientras que el país puede enviar proyectos científicos a la Luna en el marco de Artemis. Esta doble inserción no es contradictoria; es una estrategia de autonomía que le permite acceder a tecnología y formación de ambos bloques sin alinearse ideológicamente con ninguno.

Para que esa autonomía se traduzca en capacidades reales, se requieren decisiones de política concretas. En el plano regulatorio, el Estado debe exigir transparencia total sobre la selección de docentes, los contenidos y el financiamiento de cualquier institución educativa con respaldo extranjero, incluyendo los Institutos Confucio, pero también los centros financiados por otras potencias. En el plano de las alianzas, debe profundizar la cooperación con Europa, Corea del Sur y organismos multilaterales, de modo que la formación STEM no dependa de la relación con un solo socio. Y en el plano interno, debe aumentar progresivamente la inversión en I+D hacia estándares internacionales, mejorar la gobernanza del gasto fragmentado y consolidar los Clubes de Ciencia como una política de Estado, no como un programa coyuntural.

El eslabón más débil sigue siendo la calidad y la equidad educativa. Los avances en cobertura de clubes científicos y en articulación interinstitucional son valiosos, pero no compensan las brechas persistentes en matemáticas, la escasez de docentes especializados y la concentración de la oferta de posgrado en Lima. Un ecosistema STEM robusto exige ciencia básica y aplicada, infraestructura, formación y repatriación de investigadores, y colaboración entre universidades, institutos, empresas y Estado. Sin esa base, el talento peruano seguirá emigrando o empleándose por debajo de su formación, y la dependencia tecnológica se reproducirá independientemente de quién financie los institutos de idiomas.

La respuesta de país, en suma, no debe ser defensiva ni reactiva. Perú puede y debe aprovechar la formación en mandarín y las becas chinas como herramientas de negociación, del mismo modo que aprovecha la cooperación espacial con Estados Unidos y Europa. Pero ese aprovechamiento solo será soberano si se sostiene sobre un sistema STEM nacional fuerte, con financiamiento previsible, reglas claras para la cooperación externa y una visión de desarrollo productivo que convierta el talento en encadenamientos industriales y servicios de valor agregado. La verdadera seguridad nacional no se juega en la clausura de un instituto, sino en la capacidad de formar científicos, ingenieros y ciudadanos capaces de decidir su propio futuro.




(1) STEM es el acrónimo inglés de Science, Technology, Engineering and Mathematics (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). En educación, se refiere a un enfoque que integra estas áreas para desarrollar pensamiento crítico, resolución de problemas e innovación.

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