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El petróleo como instrumento de dominio: cómo la energía sojuzga a América Latina

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • 15 ene
  • 3 Min. de lectura

Durante más de un siglo, el petróleo ha sido mucho más que un recurso energético; ha sido la palanca que mueve al mundo y, al mismo tiempo, la cadena que ata a América Latina a intereses foráneos. La región, poseedora de las mayores reservas del hemisferio occidental, ha visto cómo su “oro negro” se convierte en moneda de cambio para presiones diplomáticas, intervenciones militares y condicionamientos económicos. Desde la expropiación petrolera mexicana de 1938 hasta los golpes de Estado respaldados por corporaciones en los años 70, la historia latinoamericana se lee también como una lucha por desmontar el poder que sobre ella ejerce quien controla el crudo.

El ciclo neoliberal de los años noventa profundizó esta lógica. Bajo el mandato del Consenso de Washington, México abrió la industria al capital privado con la reforma energética de 2013; Argentina privatizó YPF en 1991 y Bolivia entregó sus gasoductos a empresas transnacionales. En todos los casos, la promesa de “eficiencia” ocultó la transferencia de renta y soberanía; los Estados perdieron la capacidad de fijar precios internos, planificar exploraciones o destinar regalías al desarrollo social, mientras las multinacionales repatriaron utilidades y definieron agendas de inversión alineadas a sus matrices en Houston o Londres.

La recuperación parcial del control estatal en la primera década del siglo XXI —nacionalización boliviana de 2006, la estatización venezolana de 2007 o la expropiación de YPF argentina en 2012— mostró que la región intentaba romper el cerco. Sin embargo, la contragolpe fue feroz; bloqueos financieros, juicios en tribunales internacionales y campañas de desinversión que dispararon el costo del capital. Venezuela, con las mayores reservas probadas del planeta, pasó de exportar 3 millones de barriles diarios a menos de 400,000 tras el cerco estadounidense que prohibió hasta el intercambio de diluyentes, evidenciando que la “libertad de mercado” se suspende cuando el que la ejerce es el poder hegemónico.

El petróleo también opera como disciplinamiento diplomático. El caso más reciente es la redirección forzada del crudo venezolano hacia refinerías de Texas y Louisiana después de que Washington otorgara licencias “temporales” a Chevron y a otras firmas. El objetivo oficial es “aliviar” al mercado global, pero el efecto real es desplazar a China y Rusia de un suministro estratégico y obligar a Caracas a aceptar condiciones políticas —desde la liberación de prisioneros hasta la disidencia interna— a cambio de poder vender su principal exportación. La región observa, una vez más, cómo el recurso que debería ser motor de desarrollo se convierte en palanca de injerencia.

La transición energética no está liberando a Latinoamérica de esta trampa, sino renovándola. El litio, el cobalto y el cobre —esenciales para baterías y paneles— están concentrados en el mismo triángulo que antes exportaba plata y guano: Chile, Bolivia, Argentina. La lógica se repite; grandes potencias compiten por concesiones, prometen plantas de ensamblaje que nunca se instalan y dejan a los países como simples proveedores de materia prima. Bolivia, con el 23 % de las reservas mundiales de litio, todavía no puede producir una sola batería de escala comercial, mientras las firmas chinas y estadounidenses extraen salmuera bajo contratos que fijan regalías menores a las que pagan Noruega o Australia por su petróleo.

Romper el ciclo exige algo más que nacionalizar yacimientos; requiere construir soberanía energética, es decir, la capacidad de decidir qué, cuánto, para quién y a qué precio se extrae, transforma y consume. Esto solo es posible si los países articulan una política regional común —un OPECO (Organización de Países Exportadores de Crudo de Occidente) latinoamericano— que coordine volúmenes, fije regalías mínimas y exija valor agregado local. Mientras la región siga compitiendo entre sí por inversiones, el petróleo —ahora acompañado del litio— seguirá siendo, no el motor de su desarrollo, sino el mecanismo que garantiza su subordinación.

 
 
 

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