El colonialismo digital: cuando la tecnología reproduce las viejas lógicas de dominación
- Alfredo Arn
- hace 13 horas
- 6 min de lectura

Un nuevo rostro para una vieja estructura de poder. El pasado mes de mayo, el Papa León XIV lanzó una advertencia que resonó en todo el mundo: la inteligencia artificial no debe convertirse en "otro instrumento de colonialismo ideológico o económico". El pontífice señaló los riesgos de que las naciones más pobres sean cada vez más dependientes de las ricas a través del desarrollo tecnológico, y definió esta situación como una "sutil forma de dominación" que se manifiesta cuando los algoritmos deciden quién es visible y quién permanece invisible, cuando las plataformas digitales moldean el discurso público sin rendir cuentas, y cuando la dignidad de los trabajadores se subordina a la optimización de los sistemas. Pero lo que el Papa señaló es apenas la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo y estructural; el colonialismo digital.
Más allá de la IA; un sistema de dominación integral. El colonialismo digital no es una advertencia sobre el futuro; es un sistema de dominación que ya está operando activamente en múltiples frentes. No se trata de un fenómeno aislado ni de una simple consecuencia del avance tecnológico, sino de la actualización de las lógicas coloniales del pasado en el contexto de la economía digital. Como señala la literatura especializada, el concepto de colonialismo digital actualiza las ideas del neocolonialismo, aludiendo a los ensamblajes y operaciones tecnológicas que perpetúan relaciones de poder asimétricas a escala planetaria. Las infraestructuras digitales replican la antigua lógica colonial, creando un nuevo tipo de dependencia en la que pocos actores concentran la capacidad de decidir sobre el presente y el futuro de regiones enteras.
La dependencia estructural: Estados como clientes cautivos. Una de las dimensiones más preocupantes del colonialismo digital es la dependencia estructural que genera a nivel de los Estados. Gobiernos de todo el mundo, especialmente en el Sur Global, gestionan servicios críticos como salud, educación o seguridad con tecnologías que no controlan. Esta dependencia convierte a los Estados en "clientes cautivos" de unas pocas corporaciones tecnológicas, perdiendo su capacidad de decisión autónoma. Las grandes tecnológicas no solo monopolizan la infraestructura digital, sino que ejercen un poder de vigilancia y control territorial similar al de los Estados tradicionales. Estamos asistiendo a una verdadera confrontación entre control y libertad, no solo del individuo, sino de poblaciones y regiones enteras, llevada al extremo por las tecnologías y la recolección y análisis masivos de datos.
El nuevo extractivismo: datos y recursos naturales. El colonialismo histórico se basó en la extracción de recursos naturales. El digital lo ha actualizado con un extractivismo gemelo. Por un lado, el extractivismo de datos; la periferia global produce enormes cantidades de información que son extraídas y transformadas en renta por los gigantes tecnológicos del centro. Los datos se han convertido en la nueva materia prima del siglo XXI, y su extracción sigue patrones sorprendentemente similares a los del colonialismo clásico. Por otro lado, el extractivismo material: "la nube" no es etérea. Detrás hay un consumo masivo de energía, agua y la ocupación de territorios para centros de datos, con poco beneficio local para las comunidades que los albergan. Esta doble extracción profundiza las desigualdades globales y perpetúa la posición periférica del Sur Global.
Colonialismo epistémico: la imposición de una visión del mundo. Quizás la capa más sutil y profunda del colonialismo digital es la epistémica. No solo se extraen datos, sino que se impone una forma de entender y organizar el mundo. Grandes empresas capturan datos, ciencia, marcas y saber colectivo para convertirlos en renta privada, apropiándose de las capacidades sociales de comunidades enteras. Los algoritmos y las plataformas, diseñados en los centros de poder, moldean cómo trabajamos, pensamos y construimos sentido. Esto perpetúa una violencia epistémica donde el conocimiento y las perspectivas del Sur Global son marginados o invisibilizados. El análisis crítico del colonialismo digital no apunta a un simple rechazo de las nuevas tecnologías, sino a una descolonización de la tecnología misma.
Gobernanza algorítmica y control social. El control no es solo económico o de infraestructura, sino que llega a la gestión de la vida social y la subjetividad. Las plataformas no son neutrales; sus algoritmos deciden quién es visible, qué información se difunde y cómo se construye el consenso social. Esta gubernamentalidad algorítmica moldea nuestras subjetividades y nuestra forma de relacionarnos con el mundo. La concentración de este poder en unas pocas manos, principalmente en Silicon Valley, otorga a estas corporaciones una capacidad de influencia que supera a la de muchos Estados. El Papa León XIV lo expresó con claridad: ninguna ideología o interés particular debe dictar los valores inherentes a los sistemas de inteligencia artificial.
El caso de América Latina; una dependencia grabada en el lecho marino, siendo un ejemplo paradigmático de cómo funciona el colonialismo digital en la práctica. La configuración de los cables submarinos en la región no es un accidente geográfico, sino el resultado de una dependencia estructural profundamente arraigada. De los 33 cables que conectan al continente americano con el resto del mundo, 31 pasan por Estados Unidos. El 99% del tráfico de internet desde Sudamérica es controlado desde EE.UU.. Esto significa que un correo electrónico entre Santiago y Buenos Aires puede recorrer más de 15,000 kilómetros, yendo primero a la costa de California y luego a Miami, en lugar de los 1,400 kilómetros que lo separan directamente. Esta geografía de la dependencia no es casual; responde a decisiones geopolíticas que convierten a la región en un "embudo" hacia Estados Unidos.
Las consecuencias concretas de la dependencia geográfica tiene consecuencias económicas y políticas muy tangibles. El tener que enrutar el tráfico a través de Estados Unidos encarece las comunicaciones; el costo que se paga a los propietarios de los cables puede suponer entre el 30% y el 50% del precio final del servicio en la región. Pero más allá de lo económico, la concentración del tráfico en puntos de aterrizaje estadounidenses otorga a Washington un papel central para dar forma, monitorear y potencialmente restringir los flujos de información. Quedó en evidencia cuando se reveló que las agencias estadounidenses espiaban las comunicaciones de la entonces presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Hablar del control de estos cables submarinos es hablar de soberanía digital, posición geopolítica de los Estados y seguridad nacional.
Rompiendo el molde; el Cable Humboldt y la ruta hacia Asia es tan relevante. porque este cable submarino de telecomunicaciones unirá Sudamérica y Asia Pacífico, conectando Valparaíso (Chile) con Auckland (Nueva Zelanda), con una longitud cercana a los 14,800 kilómetros y una capacidad inicial de 144 Tbps. Representa la primera conexión directa entre Sudamérica y Asia-Pacífico, un paso estratégico para diversificar las rutas de conectividad y reducir la dependencia de los enlaces que pasan por Estados Unidos. Su nombre homenajea al científico Alexander von Humboldt, y su puesta en marcha es vista como una pieza clave para el futuro digital de la región. Es un intento de romper el molde del sistema "hub-and-spoke" que ha mantenido a la región como satélite digital de Estados Unidos.
Perú y la oportunidad histórica del cable Chancay-Shanghái. En este contexto de búsqueda de soberanía digital, el proyecto de un cable de fibra óptica que conecte directamente el puerto peruano de Chancay con Shanghái emerge como una posibilidad poderosa para Perú y toda Sudamérica. Este proyecto, que originalmente se gestó como el "Chile-China Express" en el vecino país, enfrentó una fuerte presión diplomática de Estados Unidos, que llegó a revocar visas de funcionarios chilenos para frenar su avance. Ante ese escenario, Perú comenzó a perfilarse como una alternativa natural, en parte por las cuantiosas inversiones chinas ya existentes —como el megapuerto de Chancay, con 1,300 millones de dólares invertidos— y por el control de empresas chinas sobre la distribución eléctrica en Lima. Para Pekín, un cable Chancay-Shanghái es una pieza central de su "Digital Silk Road", una infraestructura de datos que permitiría eludir los nodos controlados por EE.UU., reduciendo la vulnerabilidad ante eventuales bloqueos o vigilancia. Para el Perú, sin embargo, el beneficio es soberano: romper el embudo de los cuatro cables que hoy aterrizan en Lurín y que todos van a Estados Unidos, y convertirse en el primer país sudamericano con conexión directa a Asia, posicionando a la región como un hub digital de primer orden. Técnicamente viable —con una inversión estimada de hasta 1,800 millones de dólares y una reducción de latencia del 60%—, el proyecto enfrenta el desafío geopolítico de equilibrar la alianza con China sin alienar a Estados Unidos, su principal socio histórico. La habilidad diplomática de Lima será clave para navegar este dilema sin ceder soberanía decisional, pero la oportunidad de redefinir el eje de la conectividad sudamericana es, sin duda, un paso histórico hacia la autonomía digital de la región.
La disputa geopolítica por el futuro digital. La lucha por la infraestructura de cables submarinos se ha convertido en un nuevo campo de batalla geopolítico, especialmente entre Estados Unidos y China. La oferta china es vista por muchos países latinoamericanos como una oportunidad para obtener conexiones más rápidas, baratas y fiables, mientras que Washington ve con recelo la creciente influencia de Pekín y presiona para bloquear estos proyectos, defendiendo su "zona de influencia" digital. Esto pone a los países latinoamericanos en una encrucijada: elegir entre potencias competidoras mientras buscan la mejor oferta tecnológica y económica. La pregunta de fondo no es "tecnología sí o no", sino quién controla los sistemas que organizan la vida social. Disputar el colonialismo digital es, en definitiva, disputar la democracia y la soberanía de las naciones y las personas en la era digital. Como bien lo advierte la economista Cecilia Rikap, el problema no es meramente técnico sino político; la decisión sobre estos cables definirá no solo quién controla los datos de la región, sino quién tiene el poder de decidir su futuro.



Comentarios