Perú en la encrucijada global: una potencia emergente atrapada en su propia inestabilidad
- Alfredo Arn
- hace 2 días
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Perú se presenta ante el mundo como una de las economías más dinámicas de América Latina, rica en recursos mineros, con una posición estratégica privilegiada entre el Pacífico y la Amazonía, y miembro activo del Foro APEC. Sin embargo, esta imagen de estabilidad económica oculta una realidad geopolítica mucho más compleja y preocupante. En octubre de 2025, la presidenta Dina Boluarte fue destituida por el Congreso, convirtiéndose en el sexto presidente en caer en tan solo nueve años . Esta inestabilidad crónica, combinada con una creciente dependencia económica de China y la presión de los intereses estadounidenses, coloca al país en una encrucijada donde su soberanía real está cada vez más comprometida. La paradoja es evidente; mientras busca proyectarse como un actor relevante en el escenario global, Perú padece de una fragilidad interna que amenaza con convertirlo en un campo de batalla de las grandes potencias.
La crisis de Gobernabilidad; el Talón de Aquiles de la inestabilidad política no es un accidente histórico, sino el síntoma de un sistema democrático en crisis profunda. Las calificaciones de aprobación de la presidenta Boluarte se mantuvieron en dígitos simples —alrededor del 4%— durante la mayor parte de su mandato, mientras que el Congreso apenas alcanza un 9% de aprobación popular . Esta desconexión entre las élites políticas y la ciudadanía ha generado un vacío de legitimidad que actores externos están dispuestos a llenar. El Centro de Estudios Estratégicos del Ejército Peruano advierte que el país carece de una doctrina geopolítica consolidada, con una aplicación débil de planes estratégicos y una inestabilidad política que lo hace vulnerable ante presiones externas . Cuando un país no puede gobernarse a sí mismo, las decisiones estratégicas dejan de ser soberanas y se convierten en negociaciones de conveniencia para quienes ostentan el poder real.
La relación con la República Popular China representa el factor geopolítico más determinante y riesgoso para el futuro peruano. En 2024, el 34% de las exportaciones peruanas se dirigieron a China, concentradas en commodities de bajo valor agregado y productos agrícolas . Siete empresas chinas controlan el 21% de toda la inversión minera en el país, incluyendo operaciones problemáticas como Las Bambas y Toromocho . La presencia china no se limita a la minería; casi uno de cada cuatro autos vendidos en Perú son de fabricación china, y los productos chinos han saturado el mercado nacional . El proyecto más simbólico de esta penetración es el Puerto de Chancay, operado exclusivamente por COSCO, que se ha convertido en el nuevo eje del Corredor Ferroviario Bioceánico Central conectando Brasil con el Pacífico . Esta dependencia económica estructural compromete la capacidad de Perú para tomar decisiones soberanas en materia de política exterior, tecnología y seguridad.
Ante la presión china, Perú ha intentado mantener una postura de "neutralidad activa" que le permita beneficiarse de ambos bloques sin alienarse definitivamente con ninguno . Sin embargo, esta estrategia resulta cada vez más insostenible en un mundo bifurcado. Estados Unidos, a pesar de la cooperación en seguridad —como la reciente transferencia de helicópteros Black Hawk para operaciones antinarcóticos — ha impuesto aranceles del 10% a todas las importaciones peruanas y del 50% al cobre, afectando severamente las exportaciones mineras . La administración estadounidense busca contener la influencia china en la región, pero lo hace con instrumentos que castigan precisamente a los países que intentan mantener equilibrios. Perú se encuentra así en una posición de doble vulnerabilidad: castigado por Washington por su cercanía con Beijing, pero incapaz de romper con China debido a su dependencia económica.
La crisis de seguridad; puerta de entrada para actores externos, la inestabilidad interna se manifiesta críticamente en el terreno de la seguridad. El narcotráfico, el terrorismo residual del MPCP en el VRAEM, y la expansión del crimen organizado transnacional —particularmente el Tren de Aragua venezolano— han generado una crisis de violencia sin precedentes . Los homicidios aumentaron un 137% entre 2018 y 2024, mientras que las extorsiones se sextuplicaron, desencadenando directamente la caída del gobierno Boluarte . Esta situación crea oportunidades para la intervención de actores externos bajo la excusa de asistencia en seguridad. Tanto Estados Unidos como China —y potencialmente Rusia— pueden utilizar la cooperación militar y tecnológica como palanca de influencia política. Cuando un Estado pierde el monopolio de la fuerza en amplios territorios, como ocurre en la Amazonía peruana, la soberanía se vuelve teórica y el territorio real se convierte en espacio de competencia geopolítica.
Los recursos estratégicos; botín de la competencia global. Perú posee los recursos que el siglo XXI codicia: cobre, litio, oro, plata, y una biodiversidad única en la Amazonía. Estos recursos no son meramente económicos, son geopolíticos. En un mundo que transita hacia las energías renovables y la electrificación masiva, el cobre peruano es indispensable; en la era de las baterías, su potencial litífero es estratégico. Sin embargo, la explotación de estos recursos está mayoritariamente en manos extranjeras, principalmente chinas. Esto significa que las decisiones sobre su extracción, procesamiento y destino final no son soberanas, sino que responden a cadenas de valor y estrategias industriales decididas en Beijing. La falta de industrialización local —Perú exporta minerales brutos e importa manufacturas— perpetúa una posición de subdesarrollo estructural que contradice su potencial como potencia media.
Tradicionalmente, Perú ha buscado proyectar influencia en Sudamérica a través del Sistema Interamericano, la Comunidad Andina y el Foro APEC. Sin embargo, su credibilidad regional se ha erosionado. La crisis política interna lo ha convertido en un ejemplo de lo que no se debe hacer, más que en un modelo a seguir. Mientras tanto, Brasil avanza en su propia integración atlántico-pacífica a través del Corredor Bioceánico, Chile mantiene su estabilidad institucional como referente, y Colombia lidera iniciativas de paz y sostenibilidad. Perú corre el riesgo de quedar rezagado, convertido en un mero proveedor de materias primas para las economías más dinámicas de la región. Su incapacidad para articular una visión de desarrollo propia, con consenso político y continuidad estratégica, lo condena a la irrelevancia en los foros donde se deciden los destinos regionales.
Hacia una estrategia de Soberanía o la Dependencia permanente, la situación geopolítica de Perú exige una redefinición urgente de su estrategia nacional. No se trata de elegir entre China y Estados Unidos, sino de construir la capacidad de negociar con ambos desde una posición de fortaleza interna. Esto requiere, primero, estabilizar sus instituciones democráticas y romper el ciclo de crisis políticas; segundo, diversificar sus socios comerciales para reducir la dependencia estructural; tercero, desarrollar valor agregado en sus exportaciones para negociar con poder; y cuarto, fortalecer su aparato de seguridad sin dependencia tecnológica de ninguna potencia. Las proyecciones indican que, sin reformas estructurales, Perú tardaría 64 años en alcanzar el estatus de ingresos altos. Ese tiempo es una eternidad en la geopolítica contemporánea. Si no logra revertir su trayectoria, Perú podría consolidarse no como una potencia emergente, sino como un caso paradigmático de cómo la inestabilidad interna convierte a un país rico en un espacio de competencia extranjera, donde su población ve pasivamente cómo otros deciden su destino.







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