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Manteniendo el amor encendido; un mensaje de Esperanza para el Perú

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • hace 5 horas
  • 2 min de lectura

Al observar el panorama de nuestra nación en estos tiempos, no podemos ignorar las solemnes palabras de Jesús en Mateo 24:12: "Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará". Hoy, el Perú enfrenta desafíos que golpean el corazón de cada hogar: la inseguridad que acecha en nuestras calles, la corrupción que erosiona la confianza en las instituciones y una realidad económica que pone a prueba el sustento de miles de familias. Esta situación no es ajena a la advertencia bíblica, la cual nos invita a abrir los ojos con discernimiento, no para caer en el desespero, sino para comprender la naturaleza de los tiempos que nos toca vivir y actuar con sabiduría.

Este "enfriamiento del amor" se manifiesta lamentablemente en el tejido social de nuestro país. El miedo a la extorsión, al crimen o al engaño ha generado desconfianza entre vecinos y ha polarizado a comunidades que antes caminaban unidas. Vemos cómo el pequeño comerciante lucha por mantener su negocio, cómo las familias se distancian por diferencias ideológicas y cómo, a veces, la dura lucha por la supervivencia nos hace olvidar la compasión por el prójimo. Sin embargo, reconocer este frío espiritual y social es el primer paso para decidir, conscientemente, encender nuevamente la llama de la solidaridad, el diálogo y el respeto mutuo en nuestras comunidades.

Frente a este escenario, el versículo 13 nos ofrece un ancla firme de esperanza: "Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo". Esta perseverancia es, de hecho, el sello distintivo del espíritu peruano. Somos un pueblo que ha sabido levantarse tras terremotos, crisis políticas y emergencias sanitarias, saliendo cada mañana con la determinación de salir adelante. Perseverar hoy significa mantener la integridad en un entorno que a veces parece premiar la deshonestidad; significa seguir trabajando con honradez, proteger a nuestra familia y negarnos a normalizar la violencia o la injusticia. La verdadera fortaleza comienza con la firmeza de nuestros valores humanos y cristianos.

Además, la promesa del versículo 14 nos recuerda que la oscuridad nunca tendrá la última palabra: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones". A pesar de las dificultades, la luz del Evangelio sigue brillando con fuerza en el Perú. Desde las comunidades andinas hasta la selva amazónica, y en cada barrio de nuestras ciudades, hay iglesias, grupos de oración y ciudadanos de fe que siguen predicando con el ejemplo el amor de Dios. Esta presencia espiritual es un motor vital de transformación social, brindando consuelo al afligido, ayuda al necesitado y una brújula moral a una sociedad que la necesita urgentemente.

Por ello, el llamado de este pasaje bíblico es una invitación a la acción y a la esperanza inquebrantable. No dejemos que la maldad de los tiempos nos robe la paz ni nos vuelva cínicos. Al contrario, seamos nosotros los que mantengamos el amor encendido en nuestros hogares, en nuestros trabajos y en nuestras calles. Perseveremos en la fe, en el trabajo honrado y en la unidad familiar. El futuro del Perú no depende únicamente de los cambios políticos o económicos, sino del avivamiento de nuestros corazones. Confiemos en que, mientras sigamos siendo testimonio de luz y amor, Dios tiene un propósito de restauración y paz para nuestra amada nación.

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