La segunda vuelta que nadie quería: Fujimori y Sánchez, dos extremos sin diálogo
- Alfredo Arn
- 2 may
- 3 min de lectura

El Perú despertó esta semana con una certeza y una incertidumbre. La certeza; Keiko Fujimori lidera la primera vuelta electoral con holgura y está en la segunda vuelta del 7 de junio. La incertidumbre; su rival podría ser Roberto Sánchez, un candidato de izquierda que emerge del conteo rural con una ventaja mínima sobre Rafael López Aliaga, mientras el país se pregunta si su democracia resistirá otra crisis. Con más del 97% de actas procesadas, la diferencia entre Sánchez y López Aliaga es de apenas 27,000 votos: 12.04% contra 11.87%. El conteo, que en otros países toma horas, en Perú ha durado semanas, convertido en un campo de batalla jurídico donde López Aliaga ha presentado cerca de 100 pedidos de nulidad contra mesas de Cajamarca, fortín de Sánchez.
Keiko Fujimori obtuvo el 17,129% de los votos válidos, una cifra que la ubica lejos de la mayoría pero que confirma su capacidad de movilizar un electorado fiel. Es su tercera segunda vuelta consecutiva, una hazaña política que pocos líderes en América Latina pueden igualar. Su fortaleza no es solo personal; Fuerza Popular aseguró 22 senadores y 40 diputados en el próximo Congreso bicameral, una mayoría relativa que le garantizaría gobernabilidad donde otros presidentes peruanos han naufragado. Pero Fujimori es también un símbolo polarizante: hija de Alberto Fujimori, el autócrata que gobernó entre 1990 y 2000, hereda tanto la lealtad de quienes recuerdan la derrota del terrorismo como el rechazo de quienes no olvidan la corrupción y las violaciones a derechos humanos de aquel régimen. Las encuestas la ubican en empate técnico con Sánchez, pero con un antivoto del 48% que supera incluso al del candidato de izquierda.
Roberto Sánchez, por su parte, representa algo que el sistema político limeño no termina de comprender; el Perú profundo, andino, postergado. Su ascenso se explica por el conteo tardío del voto rural, ese mismo fenómeno que llevó a Pedro Castillo a la presidencia en 2021. Es un candidato de Juntos por el Perú, con respaldo de Verónika Mendoza y, simbólicamente, del propio Castillo, quien desde la cárcel pidió el voto por él. Su promesa de indultar a Castillo —preso desde el autogolpe de 2022— es un gesto político que define su identidad, pero también es su talón de Aquiles. El indulto activaría una confrontación institucional inmediata con un Congreso donde la derecha tendrá mayoría, y alimentaría la percepción de que su gobierno sería una revancha, no una gestión.
Rafael López Aliaga, el alcalde de Lima que quiso ser presidente, no se ha resignado. Sus impugnaciones masivas y sus convocatorias a protestas ante el Jurado Nacional de Elecciones revelan una estrategia clara; si no gana en las urnas, buscará deslegitimar el proceso. Es un patrón peligroso, importado de otras democracias frágiles, donde la derrota electoral ya no se acepta sino que se judicializa. Su postura no es irrelevante: representa al 11.87% de peruanos que votaron por un discurso de orden, mano dura y anti-establishment. Si ese electorado se siente defraudado por el sistema, podría convertirse en combustible para protestas violentas o, peor, en audiencia receptiva para soluciones no democráticas.
El Perú no tiene buenas opciones, solo opciones menos malas. Un gobierno de Fujimori sería funcionalmente estable pero socialmente polarizante. Un gobierno de Sánchez sería legitimado por el voto rural pero paralizado por el Congreso. En ambos escenarios, la mitad del país se sentirá derrotada y marginada. La solución no está en el resultado electoral, sino en la capacidad de las élites políticas peruanas para pactar reglas mínimas de convivencia; un JNE que actúe con celeridad, un compromiso explícito de respetar el resultado sin reservas, y una sociedad civil que deje de ver la política como guerra total.
El 7 de junio no resolverá la fractura peruana. Solo la hará explícita. Fujimori y Sánchez representan dos Perúes que no se hablan; el primero, urbano, costeño, empresarial; el segundo, rural, andino, postergado. Entre ellos, López Aliaga y su electorado descontento, dispuestos a romper el tablero si no ganan. La verdadera victoria para el Perú no será la de Fujimori o Sánchez, sino la capacidad de ambos sectores de aceptar que vivirán juntos, quieran o no, en el mismo país. La democracia peruana no necesita un ganador absoluto. Necesita, urgentemente, perdedores que acepten perder.



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