La proyección espacial china en América Latina: cooperación tecnológica, dependencia asimétrica y riesgos estratégicos
- Alfredo Arn
- 30 dic 2025
- 3 Min. de lectura

La inserción de China en el sector espacial latinoamericano constituye un fenómeno reciente pero de alta densidad estratégica. A partir de 2008, con el lanzamiento del satélite venezolano VENESAT-1 desde el centro espacial de Xichang, la República Popular ha transitado de proveedor ocasional a socio principal en la provisión de plataformas orbitales, estaciones terrestres y servicios de conectividad. Este proceso se inscribe en la estrategia “Estación Digital de la Seda”, que busca extender la huella tecnológica china mediante infraestructura crítica en regiones periféricas, utilizando la cooperación espacial como vector de influencia de largo plazo.
El concepto de “poder infrastructural” (Mann, 1984) permite interpretar la proyección espacial como capacidad de un actor estatal para modular el comportamiento de terceros mediante el control de redes físicas y estándares técnicos. En la relación China-América Latina, la asimetría se manifiesta en la concentración de know-how, componentes y personal de misión del lado chino, mientras que los países receptores acceden a servicios orbitales sin desarrollar capacidades endógenas de diseño, lanzamiento o control. Esta dinámica reproduce una forma actualizada de dependencia tecnológica, ahora trasladada al dominio del espacio ultraterrestre.
Arquitectura orbital: satélites civiles y límites de transferencia. Los satélites entregados —VENESAT-1/VRSS (Venezuela), TKSAT-1 (Bolivia) y la serie CBERS (Brasil)— han operado en órbitas LEO y GEO con payloads de observación y comunicación. Sin embargo, la transferencia de tecnología se limita al “paquete negro”; los receptores reciben plataformas ensambladas y manuales operativos, pero no acceden a subsistemas críticos como sensores de banda W, algoritmos de corrección orbitales o antenas de enlace cruzado. El resultado es una soberanía funcional parcial; presencia nacional en el espacio condicionada a repuestos, actualizaciones de software y soporte de misión proporcionado por empresas estatales chinas (CASC, CGWIC).
Infraestructura terrestre: estaciones de control y espacio profundo. La instalación de estaciones de telemetría y seguimiento (Neuquén, Argentina; Amachuma, Bolivia; El Sombrero, Venezuela) convierte al territorio latinoamericano en prolongación física de la red espacial china. El caso de Neuquén es paradigmático; 50 años de concesión, personal militar de la PLA (Popular Liberation Army) en el sitio, exclusividad de acceso a la antena de 35 m y ausencia de auditoría local. Estas facilidades, declaradas para “espacio profundo”, poseen capacidades duales: pueden guiar misiones lunares o martianas, pero también rastrear satélites de terceros y apoyar operaciones antisatélite, configurando un vector de poder infrastructural de alciento extrarregional.
Nuevos actores en la mercantilizacion LEO, la irrupción de Geespace —empresa privada del grupo Geely— introduce una modalidad híbrida; capital comercial con respaldo estatal a través de licencias de espectro y autorización de lanzamiento otorgadas por la Administración Nacional Espacial China (CNSA). Con 64 satélites en órbita y planes para alcanzar 240 unidades, Geespace ofrece IoT y posicionamiento de precisión en Latinoamérica sin pasar por los protocolos de contratación pública que rigen a los satélites gubernamentales. Esta vía directa mercantil reduce la capacidad de los Estados receptores para imponer requisitos de soberanía de datos o auditoría de cargas útiles.
Riesgos de seguridad cibernética y geopolítica; los segmentos terrestres y los chips de usuario de Geespace emplean estándares de cifrado propietarios cuyas claves se custodian en centros de datos en Hangzhou. Ello plantea vectores de riesgo; interceptación de flotas logísticas, manipulación de coordenadas en maquinaria agrícola de precisión, o denegación selectiva de servicio durante conflictos. Además, la estación de Neuquén puede ser empleada para seguimiento de satélites de EE. UU. y Europa en trayectorias polares, insertando a América del Sur en la dinámica de competencia entre grandes potencias espaciales.
A diferencia de la Unión Europea —que impone auditorías de seguridad a infraestructura crítica extranjera— o de Estados Unidos —que bloquea instalaciones de antenas chinas en su territorio—, los marcos jurídicos latinoamericanos carecen de regímenes específicos de protección de segmentos espaciales. Solo Brasil incluye una cláusula de “interoperabilidad abierta” en el contrato CBERS, mientras que Argentina, Bolivia y Venezuela delegan la supervisión a comités binacionales sin poder sancionador. El resultado es una asimetría normativa que favorece la presencia de hardware extranjero de uso dual sin contrapesos institucionales.
La proyección espacial china en América Latina evidencia los beneficios y los límites de la “cooperación Sur-Sur” en sectores de alta tecnología. Si bien ha permitido a países de la región acceder a capacidades orbitales sin condicionalidades financieras tradicionales, ha reproducido dependencias técnicas y ha introducido vectores de poder infrastructural que trascienden el ámbito comercial. Para revertir la asimetría sin renunciar a la colaboración, los Estados latinoamericanos deben: (i) crear agencias espaciales nacionales con capacidad de auditoría; (ii) legislar sobre protección de segmentos terrestres y soberanía de datos; (iii) diversificar socios mediante acuerdos interregionales que incluyan transferencia real de tecnología crítica. Solo así podrá construirse una arquitectura espacial que combine desarrollo autónomo con cooperación internacional genuinamente equitativa.







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