La parálisis del cielo venezolano: cómo la defensa antiaérea se derrumbó frente a EE.UU. en seis minutos
- Alfredo Arn
- 5 ene
- 3 Min. de lectura

El 3 de enero de 2026, mientras Caracas celebraba el aniversario del golpe de 1958, el espacio aéreo venezolano fue violado sin que se disparara un solo misil de alcance medio. La Operación “Absolute Resolve” demostró que la red de defensa que el gobierno había exhibido durante años como “casi impenetrable” colapsó en menos de diez minutos. El despliegue combinado de aviones F-35, drones MQ-9 y helicópteros MH-60 atravesó el occidente del país sin encontrar resistencia coordinada. El Centro de Mando Aéreo de Palo Negro quedó mudo; radares en negro, consolas sin señal y oficiales que se miraban sin entender qué había pasado. El episodio deja al descubierto la fragilidad de un sistema que, pese a contar con misiles de última generación, dependía de una columna vertebral electrónica incapaz de resistir la guerra electrónica moderna.
El núcleo del problema fue la arquitectura de mando y control importada de China. Radares JYL-1 y JY-27, presentados como “anti-stealth”, fueron los primeros en caer; potentes transmisores de señales guerra electronica (EW) los saturaron de interferencia, mientras drones RQ-180 lanzaron señales fantasma que desorientaron a los operadores. Sin datos fiables, la red de fibra óptica que alimenta los centros de fuego S-300V y Buk-M2 quedó sin tráfico útil. La electricidad regional también fue blanco; misiles de crucero JASSM destruyeron sub-estaciones clave, dejando a las baterías sin energía de respaldo. Con el “cerebro” de la defensa anestesiado, los lanzadores se convirtieron en estatuas de metal; visibles, pero inoperantes.
La doctrina venezolana nunca contempló la posibilidad de pelear sin su capa superior de sensores. Los instructores rusos y chinos habían advertido que, ante interferencia intensa, cada batería debía pasar al modo autónomo, pero esa rutina se ensayó apenas dos veces desde 2019. En el ejercicio más reciente, el 60 % de los oficiales no logró completar el procedimiento en el tiempo reglamentario. Durante el ataque real, los equipos intentaron activar el modo “combate autonomo”, solo después de perder el enlace de datos; para entonces, los aviones estadounidenses ya sobrevolaban el espacio aéreo. La falta de repuestos y la obsolescencia de los módulos de guerra electrónica agrandaron el vacío; muchos transceptores no funcionaban al 100 % y nadie había pedido los chips de reemplazo por temor a sanciones.
El único fuego antiaéreo registrado partió de equipos Igla-S manejados por infantería. Dos helicópteros MH-60 fueron detectados visualmente cerca de Maracay; los soldados dispararon cinco misiles y alcanzaron la cola de uno, que logró aterrizar de emergencia. Sin embargo, los MANPADS dependen del ojo humano; una vez que los F-35 ascendieron a más de 15,000 ft quedaron fuera de alcance. En Los Teques, otra celda intentó repetir la hazaña, pero confundió un dron MQ-9 con un avión tripulado y agotó sus proyectiles sin impacto. El saldo final fue un helicóptero dañado, ningún F-35 tocado y la sensación de impotencia entre las tropas que esperaban órdenes que nunca llegaron.
El fracaso expuso la brecha entre inventario y capacidad real. En papel, Venezuela posee 24 lanzadores S-300V, 48 Buk-M2, 44 Pechora modernizadas y más de 5,000 misiles tierra-aire; en la práctica, menos del 40 % estaban operativos el día del ataque. La logística militar se ha visto diezmada por el control cambiario; desde 2017 no se compran repuestos rusos y los contratos chinos se retrasan por temor a sanciones secundarias. Además, la promoción de oficiales respondió más a lealtades políticas que a méritos técnicos, lo que dejó al mando aéreo sin expertos en guerra electrónica. El resultado fue una fuerza que sabía disparar misiles, pero ignoraba cómo proteger la red que los hacía útiles.
La lección trasciende a Venezuela. Mostró que comprar plataformas de alta gama sin invertir en redes redundantes, repuestos y entrenamiento realista es construir un castillo de naipes. También demostró que la ventaja de EE.UU. no radica solo en stealth o misiles, sino en su capacidad de apagar el “cerebro” enemigo antes del primer disparo. Para los países de la región, el mensaje es claro; la defensa antiaérea del siglo XXI empieza por cables blindados, plantas de energía móviles y oficiales que entiendan de espectro electromagnético tanto como de explosivos. Mientras tanto, el cielo venezolano volvió a parecerse al de 1983; cuando el país atravesaba la crisis petrolera y sus sistemas militares empezaban a quedar obsoletos, vigilado por radares de la década pasada y custodiado por soldados que, esta vez, no pudieron ni siquiera ver llegar al enemigo.







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