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La evolución del sistema de partidos en el Perú: una clave para entender la inestabilidad política persistente

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • 8 ene
  • 3 Min. de lectura

La inestabilidad política que ha caracterizado al Perú en las últimas décadas no es un fenómeno aislado ni producto exclusivo de crisis coyunturales. Más bien, responde a causas estructurales profundas, entre las cuales destaca con especial relevancia la evolución —o más bien, la falta de consolidación— del sistema de partidos políticos. A diferencia de otras democracias latinoamericanas que lograron institucionalizar fuerzas políticas con identidades ideológicas claras, arraigo social y capacidad de gobernanza, el Perú ha transitado por un camino marcado por la fragmentación, el personalismo y la desconfianza ciudadana. Esta debilidad sistémica ha sido uno de los factores centrales que explica la recurrente inestabilidad gubernamental y parlamentaria del país.

Históricamente, el sistema de partidos peruano ha carecido de solidez. En el siglo XX, organizaciones como el Partido Aprista Peruano (PAP) o Acción Popular lograron cierta relevancia nacional, pero nunca alcanzaron el grado de institucionalización observado en partidos de países vecinos como Chile, Uruguay o Colombia. Sus estructuras internas fueron frágiles, su presencia territorial limitada y su capacidad para articular intereses sociales, escasa. Con el paso del tiempo, esta debilidad se agravó.

La década de 1990 marcó un punto de inflexión. El gobierno de Alberto Fujimori, surgido al margen de los partidos tradicionales, utilizó mecanismos autoritarios y populistas para gobernar, mientras desmantelaba las ya débiles instituciones democráticas. La caída de su régimen en el año 2000 no trajo consigo una reconstrucción sólida del sistema partidario; por el contrario, abrió una era de hiperfragmentación y volatilidad.

Desde entonces, la política peruana ha estado dominada por liderazgos personalistas que construyen movimientos efímeros en torno a su figura, más que a programas o ideologías. Ejemplos recientes incluyen a Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Keiko Fujimori, Pedro Castillo y, más recientemente, Rafael López Aliaga o George Forsyth. Estos actores suelen capitalizar el descontento ciudadano contra la “clase política tradicional”, prometiendo rupturas radicales con el establishment. Sin embargo, al carecer de estructuras partidarias estables, sus gobiernos —cuando llegan al poder— enfrentan dificultades para gobernar, negociar con el Congreso o sostener agendas coherentes.

Este fenómeno se ha visto reforzado por una creciente desafección hacia los partidos. Encuestas de opinión muestran niveles históricamente bajos de confianza en las organizaciones políticas, lo que alimenta un círculo vicioso; los ciudadanos rechazan a los partidos, estos se debilitan aún más, y surgen nuevos outsiders que repiten el mismo patrón de corta duración e ineficacia.

Uno de los efectos más visibles de este sistema partidario débil es la extrema fragmentación del Congreso. En las elecciones legislativas peruanas es común que ninguna fuerza obtenga mayoría absoluta, y que el parlamento se componga de una docena o más de bancadas pequeñas, muchas de ellas sin experiencia previa ni compromiso con la gobernabilidad. Esta atomización obstaculiza la formación de mayorías estables, genera conflictos constantes entre el Ejecutivo y el Legislativo, y facilita la instrumentalización del Congreso para fines de oposición sistemática o chantaje político.

El resultado ha sido una sucesión de crisis constitucionales, vacancias presidenciales anticipadas, disoluciones del Congreso y gobiernos de transición que apenas logran mantener la administración básica del Estado. Desde 2016, el Perú ha tenido siete presidentes —incluyendo interinatos—, un récord de inestabilidad en la región.

A lo largo de los años, se han propuesto y aplicado diversas reformas para fortalecer el sistema de partidos: endurecimiento de umbrales electorales, regulación del financiamiento político, exigencias de afiliación mínima, entre otras. Sin embargo, estas medidas no han logrado revertir la tendencia. En muchos casos, han generado efectos contraproducentes, como la proliferación de “listas independientes” o la migración constante de congresistas entre bancadas.

El verdadero desafío no es meramente técnico, sino cultural y político; se requiere una renovación profunda de la clase dirigente, una apuesta por la formación de cuadros con visión de largo plazo, y un cambio en la relación entre ciudadanos y partidos. Esto implica también combatir la corrupción sistémica que ha socavado la legitimidad de la política, así como fomentar espacios de participación ciudadana que no se reduzcan al voto cada cinco años.

La inestabilidad política del Perú no es un accidente, sino el resultado de décadas de debilidad institucional en su sistema de partidos. Mientras no se aborde esta raíz estructural, cualquier intento de estabilizar la democracia peruana será incompleto. Fortalecer los partidos no significa defender a las élites existentes, sino construir organizaciones políticas capaces de representar genuinamente a la ciudadanía, articular propuestas programáticas y garantizar gobernabilidad democrática. En un contexto de creciente polarización y desencanto, esta tarea se vuelve más urgente que nunca.

 
 
 

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