top of page

Hacia una educación y una universidad al servicio del Perú: raíces de la inestabilidad y caminos de transformación

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • 8 ene
  • 3 Min. de lectura

La inestabilidad política que sacude al Perú no es fruto del azar ni de conspiraciones externas, sino el resultado de profundas fallas endógenas arraigadas en la estructura misma de la sociedad. Entre estas, uno de los factores más determinantes —aunque menos visibles— es la herencia de un sistema educativo elitista y segregado, que ha moldeado generaciones de ciudadanos desconectados entre sí y de un proyecto nacional común. Este artículo sintetiza una reflexión en tres actos: la naturaleza de la inestabilidad peruana, el rol histórico de la educación en su reproducción, y la transformación urgente que deben emprender las universidades para convertirse en pilares de cohesión, justicia y estabilidad democrática.

La inestabilidad como síntoma de fractura social. En las últimas décadas, el Perú ha vivido una sucesión vertiginosa de crisis políticas; destituciones presidenciales, gobiernos de corta duración, conflictos entre poderes del Estado y protestas sociales masivas. Aunque algunos atribuyen esta volatilidad a intereses geopolíticos o corporativos internacionales, el análisis revela que las causas principales son internas: una élite política fragmentada, nstituciones débiles y una ciudadanía profundamente desconfiada. Pero, ¿por qué esta desconfianza es tan profunda y generalizada?

La respuesta radica en la desigualdad estructural, no solo económica, sino simbólica y cognitiva. Y en esa desigualdad, la educación ha jugado un papel central.

La educación elitista; un motor silencioso de la exclusión. Durante más de un siglo, el sistema educativo peruano ha operado como una máquina de reproducción de privilegios. Mientras una minoría accede a colegios privados de alto nivel —muchos con una cosmovisión extranjerizante y desconectada de la realidad nacional—, la mayoría estudia en escuelas públicas subfinanciadas, con docentes mal remunerados y currículos desarticulados.

Esta segmentación ha generado consecuencias graves:

  • Élites técnicas y políticas sin empatía social, que diseñan políticas eficientes pero injustas.

  • Desprecio por lo andino, lo amazónico y lo rural, lo que alimenta un racismo estructural disfrazado de “modernidad”.

  • Ausencia de una formación cívica sólida, lo que deja a las nuevas generaciones sin herramientas para participar en la vida democrática más allá del voto.

Los intentos de reforma —desde la nacionalización de los años 70 hasta el currículo por competencias de 2016— han tropezado con la resistencia de quienes se benefician del statu quo. Incluso en momentos de apertura, como la promoción de la educación intercultural bilingüe, la implementación ha sido débil y desfinanciada.

La universidad; entre la reproducción y la redención, si la educación básica ha sido el terreno donde se siembra la desigualdad, la universidad es el espacio donde se consolida o se cuestiona. Históricamente, las universidades peruanas han oscilado entre dos polos; por un lado, la formación de élites técnicas desconectadas; por otro, el activismo crítico y el pensamiento transformador.

Hoy, el sistema universitario está en crisis. Cientos de instituciones privadas operan con fines lucrativos y calidad dudosa, mientras las universidades públicas sufren subfinanciamiento, politización y deterioro académico. El resultado: profesionales con títulos, pero sin sentido ético; investigadores sin vínculo con los problemas del país; líderes sin raíces ni compromiso social.

Pero aún hay tiempo para cambiar el rumbo. La universidad peruana puede —y debe— reencontrarse con su misión fundamental; formar ciudadanos, no solo empleados; investigar para el país, no solo para índices internacionales; y dialogar con la sociedad, no encerrarse en torres de marfil.

Esto implica:

  • Reformar los planes de estudio para incluir ética, historia crítica, sostenibilidad y enfoque intercultural.

  • Vincular la investigación a desafíos nacionales: minería responsable, descentralización, cambio climático, memoria histórica.

  • Abrir las puertas a las comunidades mediante extensiones universitarias, servicios sociales y co-producción de conocimiento.

  • Exigir calidad y pertinencia a todas las universidades, públicas y privadas, mediante regulación seria y financiamiento equitativo.

La educación como fundamento de la nación, la estabilidad política en el Perú no se logrará solo con pactos entre élites o reformas constitucionales. Se construirá desde las aulas, desde una educación que forme personas capaces de reconocerse como parte de un mismo destino colectivo, a pesar de sus diferencias.

Un Perú estable es un Perú donde un estudiante de Juliaca, otro de Iquitos y otro de Lima se sientan igualmente peruanos, con derecho a una educación de calidad, a una voz en la democracia y a un futuro digno. Lograr eso no es tarea menor, pero es la única forma de superar décadas de exclusión, desconfianza e inestabilidad.

La educación no es un sector más del Estado. Es el cimiento de la república. Y si ese cimiento sigue siendo elitista, segregado y desconectado, ningún otro edificio —político, económico o social— podrá sostenerse por mucho tiempo.


Este artículo busca contribuir al debate público sobre el futuro del Perú, no desde la denuncia, sino desde la propuesta. Porque otro país es posible. Pero solo si empezamos por transformar la forma en que aprendemos a ser peruanos.

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page