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El espejismo del orden: de Ormuz al Perú, una misma fractura

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

La crisis del estrecho de Ormuz ha colocado al sistema internacional ante su propia contradicción. No se trata solo de un conflicto energético o de una escalada militar entre potencias. Lo que se observa en ese paso estratégico es algo más profundo; la exposición de un orden basado en reglas que funciona perfectamente mientras nadie pone a prueba sus límites, pero que se desmorona cuando un actor decide que obedecer ya no conviene. Irán bloquea el paso, Estados Unidos bloquea con portaaviones, y entre ambos bloqueos desaparece la vía marítima que el derecho internacional garantiza como inalienable. La regla, en ese instante, deja de ser principio y se convierte en argumento retórico que cada bando maneja a conveniencia. La fragilidad no está en el estrecho; está en la pretensión de que las reglas por sí solas generan estabilidad.

Este patrón no es exclusivo del tablero global. En el Perú, la crisis política persistente reproduce la misma lógica con otros actores y otra escala. La Constitución de 1993 diseñó un sistema de pesos y contrapesos que, en teoría, debía garantizar la estabilidad institucional. En la práctica, ese sistema se ha convertido en un mecanismo de parálisis crónica. El Congreso vaca presidentes, el Poder Judicial investiga a candidatos, el Ministerio Público allana palacios, y cada institución invoca su mandato constitucional para anular a la otra. La regla existe, pero no ordena; más bien, fragmenta. Como en Ormuz, donde la soberanía territorial y la libertad de navegación se anulan mutuamente, en el Perú la separación de poderes se ha transformado en una guerra de facultades donde nadie gobierna y todos se bloquean.

La comparación no es forzada. En ambos escenarios, la formalidad institucional coexiste con una realidad de poder que la desborda. En Ormuz, el derecho del mar convive con el control militar de facto. En Lima, los procedimientos constitucionales conviven con una política de emergencia permanente donde la gobernabilidad depende de decisiones judiciales o de la contención militar frente a protestas masivas. La regla, lejos de ser un marco neutral, se convierte en terreno de batalla. Y lo que es peor; se convierte en justificación para no resolver los conflictos subyacentes. No se dialoga porque hay un proceso judicial abierto. No se negocia porque la Constitución no lo permite. No se transa porque la regla lo prohíbe. La rigidez formal se vuelve excusa para la inacción sustantiva.

Hay algo más perturbador en esta analogía. Tanto el sistema internacional como el peruano han construido su legitimidad sobre una premisa compartida: que la interdependencia genera paz. En el comercio global, se asumió que nadie atacaría Ormuz porque hacerlo sería suicidio económico. En la política peruana, se asumió que la fragmentación partidaria y el control institucional mutuo impedirían la concentración del poder. Ambas premisas resultaron ser ilusiones. Irán calculó que el daño colateral valía la pena para presionar al adversario. Los actores políticos peruanos calcularon que la parálisis institucional valía la pena para evitar que el rival gobernara. La interdependencia, lejos de ser garantía, se convirtió en vulnerabilidad estratégica. El sistema funcionó para todos mientras nadie lo pusiera a prueba; cuando alguien decidió probarlo, se quebró.

La crisis de Ormuz expone, además, una contradicción moral incómoda. Estados Unidos invoca la libertad de navegación para mantener un bloqueo naval que niega precisamente esa libertad a terceros. Irán invoca su soberanía para cerrar una vía internacional que el derecho consuetudinario protege. Ambos tienen razón retórica y ambos cometen el mismo abuso. En el Perú ocurre algo similar. Los defensores de la vacancia presidencial invocan el control parlamentario; los críticos invocan la estabilidad democrática. Pero ambos bandos, en distintos momentos, han usado las mismas reglas para fines opuestos. La vacancia que se justifica como defensa de la institucionalidad se convierte, en la práctica, en mecanismo de inestabilidad crónica. La regla no resuelve el conflicto; lo perpetúa bajo apariencia de legalidad.

Esto nos lleva a una pregunta incómoda que ambas crisis plantean simultáneamente. ¿Qué queda cuando las reglas dejan de ser creíbles? En Ormuz, queda la fuerza bruta disfrazada de diplomacia; amenazas de destrucción de infraestructura, misiles construidos este mes, advertencias de guerra global. En el Perú, queda la judicialización de la política; presidentes detenidos, candidatos inhabilitados, protestas reprimidas, y un vacío de representación que solo las calles o los cuarteles parecen capaces de llenar. En ambos casos, lo que emerge no es el caos, sino algo más peligroso; un orden donde la fuerza se legitima con retórica legal y la legalidad se impone con fuerza bruta, sin que ninguna de las dos pretensiones sea del todo creíble para quienes la sufren.

La lección, sin embargo, no es que las reglas sean inútiles. La lección es que las reglas por sí solas no bastan. Un orden basado en reglas requiere algo que ni Ormuz ni el Perú han logrado construir: consenso sobre el bien común que trascienda el interés inmediato de los actores. En el estrecho, ese consenso debería ser que el paso del petróleo beneficia a todos, incluso a quienes se enfrentan. En el Perú, debería ser que la gobernabilidad requiere representación legítima, no solo procedimientos correctos. Pero mientras cada actor calcule que la parálisis o la escalada le otorgan ventaja táctica, ese consenso seguirá siendo imposible. La regla se volverá, una y otra vez, instrumento de captura en lugar de marco de cooperación.

Al final, lo que conecta a Ormuz con el Perú no es la escala del conflicto ni la identidad de los actores. Es una misma fractura estructural; la confusión entre procedimiento y sustancia, entre tener reglas y tener orden. Un sistema puede tener las reglas más sofisticadas del mundo y aun así colapsar si nadie cree que obedecerlas sea preferible a imponer su voluntad. La crisis del estrecho y la crisis andina son, en ese sentido, el mismo espejismo; la creencia de que la mera existencia de normas garantiza la estabilidad. La historia, en ambos frentes, está demostrando que no es así. Y la pregunta que queda, urgente para unos y angustiosa para otros, es si todavía es posible reconstruir algo más sólido antes de que el siguiente bloqueo —marítimo o institucional— lo haga todo colapsar del todo.


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