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El dólar, el oro y el petróleo: de pilares absolutos a una hegemonía en transición

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • 23 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Durante décadas, la supremacía del dólar estadounidense en la economía global se explicó mediante dos conceptos poderosos: el respaldo en oro y, posteriormente, el sistema del petrodólar. Esta narrativa, sin embargo, requiere una revisión crítica. La realidad actual es la de una hegemonía monetaria que, aunque aún incuestionable, descansa en bases más complejas y enfrenta una erosión gradual, marcada por la geopolítica y el surgimiento de un orden multipolar.

Históricamente, el oro fue la piedra angular. Tras la Segunda Guerra Mundial, los Acuerdos de Bretton Woods establecieron un sistema donde el dólar era convertible en oro, creando una confianza absoluta. Este "patrón oro-dólar" convirtió a la moneda estadounidense en el núcleo de las finanzas internacionales. Sin embargo, este modelo colapsó en 1971 cuando el presidente Nixon suspendió unilateralmente la convertibilidad, ante el agotamiento de las reservas de oro y la presión de los déficits comerciales. El dólar dejó de estar materialmente respaldado, pero su dominio no terminó; solo mutó.

La ingeniería geopolítica de Estados Unidos encontró entonces un sustituto estratégico: el petróleo. En la década de 1970, tras la crisis del embargo árabe, Washington pactó con Arabia Saudita—y luego con la OPEP—que el crudo se comerciara exclusivamente en dólares. A cambio, ofreció protección militar y ventas de armas. Así nació el "petrodólar", un ciclo virtuoso para la moneda; cada país que necesitaba energía debía adquirir dólares, generando una demanda global constante y permitiendo a EE.UU. financiar su déficit con mayor facilidad. El petróleo reemplazó al oro como garante indirecto de la demanda internacional.

Hoy, el rol de estos dos activos es fundamentalmente simbólico y estratégico, más que una garantía directa. Las enormes reservas de oro de Fort Knox (las más grandes del mundo) actúan como un último activo refugio de confianza, pero nadie puede canjear sus dólares por oro. El petrodólar, por su parte, sigue operando, pero su monopolio está fracturado. Rusia, Irán y Venezuela, bajo sanciones, comercian petróleo en euros, yuanes o incluso criptoactivos. Incluso aliados tradicionales, como Arabia Saudita, han comenzado a aceptar otras monedas en transacciones selectivas, abriendo una brecha en el sistema.

Esta erosión es el reflejo de un cambio geoeconómico profundo. China, como principal rival estratégico, impulsa agresivamente la internacionalización del yuan. Ha lanzado futuros de petróleo denominados en yuanes y respaldados por oro, ofreciendo una alternativa integral. Además, proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta y sistemas de pago alternativos como el CIPS buscan crear una arquitectura financiera paralela, reduciendo la dependencia del sistema SWIFT controlado por Occidente. La guerra en Ucrania y las sanciones financieras masivas han acelerado esta búsqueda de alternativas por parte de muchos países, temerosos de una potencial instrumentalización del dólar.

El verdadero sustento del dólar en el siglo XXI ha migrado de los commodities a la confianza institucional. Su fortaleza se basa en la solidez, profundidad y liquidez de los mercados de capitales estadounidenses, especialmente el mercado de bonos del Tesoro, considerado el activo refugio por excelencia. Además, la estabilidad política, la innovación tecnológica, la potencia militar y el imperio de la ley continúan siendo pilares intangibles pero decisivos. Este conjunto otorga a EE.UU. el "privilegio exorbitante" de endeudarse en su propia moneda.

Geopolíticamente, el control del dólar es una herramienta de poder de primer orden. Permite imponer sanciones financieras devastadoras, como las vistas contra Irán o Rusia, que aíslan a países enteros del sistema bancario global. Sin embargo, este mismo poder está generando una reacción contraria: la búsqueda de autonomía financiera por parte de otras potencias. La dependencia del dólar se ha convertido en un riesgo estratégico que muchos buscan mitigar, promoviendo acuerdos bilaterales en monedas locales y acumulando oro en sus reservas.

Mirando al futuro, la transición energética añade otra capa de incertidumbre. A medida que la economía global se descarbonice, la demanda de petróleo podría disminuir a largo plazo, debilitando uno de los motores históricos de la demanda de dólares. Un mundo que dependa menos de los combustibles fósiles podría reorganizar por completo los flujos financieros y las alianzas geopolíticas, aunque este proceso será gradual y está lleno de variables.

La relación del dólar con el oro y el petróleo es la historia de una adaptación constante. De una garantía material se transitó a un mecanismo de demanda estructurada, y hoy se sostiene en una red compleja de confianza y poder. Aunque el dólar permanecerá como la moneda de reserva dominante en el mediano plazo, ya no opera en un vacío de alternativas. Su hegemonía es ahora relativa, desafiada por la competencia estratégica y la fragmentación financiera. La era del monopolio indiscutible del petrodólar llega a su fin, dando paso a un panorama monetario más competitivo y volátil, donde el poder económico se medirá no solo por la posesión de recursos, sino por la capacidad de influir en la arquitectura del sistema mismo.

 
 
 

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