Salud y cambio climático en Perú: Las consecuencias que nadie quiso ver
- Alfredo Arn
- hace 15 minutos
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El cambio climático en el Perú no solo se manifiesta en glaciares que se derriten, cosechas que se pierden o represas que se quedan sin agua. Hay un impacto silencioso y creciente que, hasta hace poco, ocupaba un segundo plano en el debate público; la salud de los peruanos. Las alteraciones en los patrones de temperatura y precipitación están transformando el mapa epidemiológico del país, expandiendo enfermedades que antes estaban confinadas a regiones específicas, intensificando los efectos de fenómenos meteorológicos extremos y creando nuevas formas de vulnerabilidad sanitaria. Lo que muchos consideraban un problema ambiental o económico se ha convertido, en 2026, en una emergencia de salud pública que exige respuestas coordinadas y urgentes.
El dengue se ha convertido en el principal ejemplo de cómo el cambio climático está redefiniendo los riesgos sanitarios en el Perú. Un estudio publicado en BMJ Global Health en marzo de 2026 proyecta que los casos de dengue atribuibles al aumento de temperaturas crecerán sostenidamente desde la década de 2030 hasta 2050, con una heterogeneidad regional significativa. Las regiones tradicionalmente endémicas como Piura continuarán siendo focos importantes, pero el dato más alarmante es el desplazamiento geográfico del riesgo; departamentos altoandinos como Áncash y Cajamarca, que hasta hace poco tenían una carga baja de la enfermedad, experimentarán los aumentos relativos más pronunciados. La evidencia ya es contundente; tras el ciclón y el Fenómeno de El Niño Costero de 2023, un estudio de la Universidad de Stanford estimó que el 60% de los casos de dengue en los distritos más afectados fueron directamente atribuibles a las lluvias extremas y temperaturas cálidas, lo que se tradujo en aproximadamente 22,000 personas enfermando que de otro modo no lo habrían hecho.
El frío extremo y las infecciones respiratorias en zonas altoandinas. Mientras la costa norte se enfrenta al dengue y las olas de calor, las regiones altoandinas padecen una amenaza diferente pero igualmente letal; las heladas y su impacto en las infecciones respiratorias. Más de siete millones de personas viven en 1,371 distritos susceptibles a heladas en el Perú, y 296 de ellos presentan un riesgo muy alto, concentrando a cerca de 1.9 millones de habitantes. La evidencia epidemiológica es clara; durante las semanas en que las temperaturas descienden por debajo de los 0°C —e incluso hasta -8°C en la sierra sur—, las tasas de neumonía en menores de cinco años casi se duplican en los distritos expuestos. Lo más preocupante es que la respuesta del Estado ha sido predominantemente reactiva. Frente a esta realidad, investigadores de la Universidad del Pacífico han propuesto la creación de un Indicador Único de Vulnerabilidad que integre información climática, sanitaria y socioeconómica para anticipar y focalizar intervenciones antes de que el frío alcance su punto más crítico, en lugar de seguir improvisando cuando la emergencia ya está desatada.
El calor extremo no solo favorece la propagación de enfermedades transmitidas por vectores; también impacta directamente en la salud de quienes trabajan al aire libre. Durante la primera semana de febrero de 2026, las regiones de Piura y Lambayeque soportaron picos de hasta 37°C y 36°C respectivamente, en el marco de una ola de calor que ya había registrado 202 episodios diurnos a nivel nacional solo en diciembre pasado. Según datos del INEI, al menos 4 millones de trabajadores en el país realizan sus actividades al aire libre, expuestos a niveles críticos de radiación ultravioleta. La Organización Internacional del Trabajo advierte que al superar el umbral de los 33°C, la capacidad laboral de un trabajador puede reducirse hasta en un 50%. Esto no solo implica un riesgo inmediato de golpes de calor y deshidratación, sino que afecta la productividad y los ingresos de las familias más vulnerables. El Banco Interamericano de Desarrollo estima que esta crisis térmica podría reducir hasta un tercio del PBI agrícola del país, un recordatorio de que la salud y la economía están profundamente entrelazadas.
Hay una amenaza sanitaria menos visible pero igualmente grave que emerge de la intersección entre cambio climático y actividades extractivas en la Amazonía peruana. Investigadores de la Universidad de Duke están estudiando cómo la combinación de eventos El Niño y el crecimiento de la minería aurífera artesanal están aumentando la exposición humana al metilmercurio, un compuesto neurotóxico. El mecanismo es complejo pero alarmante; las prácticas mineras liberan mercurio al suelo y los ríos, donde las bacterias lo transforman en metilmercurio que se acumula en los peces. Cuando las inundaciones provocadas por El Niño alteran la producción agrícola, las comunidades ribereñas dependen más del pescado para su alimentación, aumentando así su exposición al contaminante. Los investigadores están estableciendo una cohorte de nacimiento para examinar si el consumo de pescado durante el embarazo en contextos de El Niño resulta en una alta exposición al mercurio en los infantes concebidos o nacidos durante estos eventos. Es una advertencia sobre cómo el cambio climático puede actuar como multiplicador de riesgos ambientales preexistentes.
Las consecuencias del cambio climático sobre la salud no se limitan a la propagación de enfermedades o la exposición a toxinas; también destruyen la infraestructura necesaria para atender a la población. Los números de 2026 son elocuentes. Hasta marzo de este año, las intensas lluvias que afectaron al país dejaron 85 establecimientos de salud destruidos y 101 afectados según reportes del Instituto Nacional de Defensa Civil. En términos humanos, el balance es igualmente dramático: 68 personas fallecieron por causas relacionadas con las lluvias entre diciembre de 2025 y febrero de 2026, incluyendo un padre y su hijo arrastrados por un huaico en Arequipa y un policía que murió ahogado en el río Rímac mientras intentaba rescatar a un perro. Más de 700 distritos a lo largo de la costa del Pacífico, los Andes y la Amazonía fueron declarados en estado de emergencia para facilitar la respuesta. La lección es clara; los fenómenos meteorológicos extremos no solo enferman a las personas; también neutralizan la capacidad del sistema de salud para responder.
Más allá de las enfermedades infecciosas y los traumatismos por desastres, el cambio climático está teniendo efectos sutiles pero significativos en la calidad de vida y la salud mental de los peruanos. Un estudio realizado en Lima entre diciembre de 2023 y enero de 2024 encontró asociaciones entre las variaciones de temperatura superficial terrestre y problemas en actividades cotidianas, así como síntomas de ansiedad o depresión. Aunque los autores advierten que se necesita más investigación, estos hallazgos apuntan a una dimensión del cambio climático que rara vez se discute: el estrés psicológico asociado a la exposición a condiciones ambientales adversas prolongadas. A esto se suma el impacto de las llamadas "olas de calor nocturnas", que impiden la recuperación del cuerpo durante el descanso. En Piura, donde el 77% de los hogares tiene techos de calamina o fibrocemento que actúan como sumideros de calor, las viviendas se convierten literalmente en hornos habitacionales. Dormir mal, vivir con calor extremo, enfrentar la incertidumbre de las lluvias o la sequía; todo ello configura un cuadro de malestar ambiental que afecta la salud integral de las personas.
El cambio climático en el Perú ya es, ante todo, una crisis sanitaria. La evidencia recogida durante 2026 es concluyente; el dengue se expande hacia territorios donde antes no existía, las heladas duplican la neumonía infantil en los Andes, el calor extremo reduce la capacidad laboral de millones de peruanos, los desastres destruyen hospitales y la contaminación por mercurio amenaza silenciosamente a las comunidades amazónicas. Frente a este escenario, la respuesta no puede seguir siendo fragmentada. Se necesitan sistemas de alerta temprana que integren información climática y epidemiológica, estrategias territoriales para controlar vectores en zonas de expansión, refuerzo de la infraestructura sanitaria en distritos vulnerables —como el propuesto Indicador Único de Vulnerabilidad— y políticas laborales que protejan a los trabajadores expuestos al calor extremo. La salud no puede ser un apéndice de la política climática; debe ser su eje central. Porque al final, el cambio climático no solo amenaza los glaciares, los cultivos o los ríos: amenaza los cuerpos y las vidas de los peruanos. Y eso, más que cualquier otra consideración, debería mover a la acción.



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