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La nueva brecha de la IA: entre el entusiasmo juvenil y el geocolonialismo digital

Foto del escritor: Alfredo Arn
Alfredo Arn
hace 6 minutos
4 min de lectura

El 91% de los jóvenes usa inteligencia artificial al menos una vez por semana, y el 60,2% lo hace a diario. Sin embargo, esa adopción masiva no se traduce automáticamente en empleo, ingresos ni movilidad social. La próxima gran división ya no será entre quienes pueden acceder a la tecnología y quienes no, sino entre quienes logran convertir ese aprendizaje en un medio de vida y quienes quedan atrapados como consumidores pasivos de herramientas diseñadas en otros contextos. Esa brecha, lejos de ser un simple problema de capacitación, esconde una disputa geopolítica que reproduce viejas asimetrías coloniales bajo una nueva forma: el geocolonialismo digital.

Los datos confirman la paradoja. Mientras la Generación Z representó el 69% de las nuevas contrataciones en 2025 para dos de los roles mejor pagados en IA —el Forward-Deployed Engineer, con salarios de hasta 199,000 dólares anuales, y el AI Engineer, con 166,000—, el 41% de los recién graduados está subempleado en trabajos que no requieren su título. Los trabajadores de 22 a 25 años en ocupaciones más expuestas a la IA han visto una caída relativa del 19% en el empleo. En otras palabras: la IA no elimina empleos de forma uniforme; destruye los peldaños de entrada mientras encumbra a una élite técnica que, en su mayoría, pertenece al Norte Global o migra hacia él.

La clave de esta polarización es la llamada "brecha de experiencia". El conocimiento tácito —esa pericia práctica que solo se adquiere haciendo— es precisamente lo que la IA no puede replicar. Pero los empleos junior donde los jóvenes solían adquirir esa experiencia son los más expuestos a la automatización. Si se destruyen esos escalones iniciales, se corre el riesgo de formar una generación con conocimientos teóricos pero sin criterio práctico para aplicar la IA en situaciones reales. Y sin experiencia, no hay empleo; sin empleo, no hay ingresos; sin ingresos, la adopción tecnológica se convierte en una trampa de consumo, no en una vía de desarrollo.

Aquí es donde emerge la dimensión geocolonial. El colonialismo clásico se basaba en la extracción de tierras y materias primas; el actual se fundamenta en la extracción de datos, talento y trabajo cognitivo. Los modelos de IA se entrenan con datos extraídos sin transparencia ni consentimiento de las poblaciones del Sur Global. Los profesionales más capacitados de América Latina son atraídos por las grandes tecnológicas del Norte, en un proceso de "extractivismo cognitivo" que vacía de capacidad local a las regiones periféricas. Y la infraestructura de cómputo —supercomputadoras, centros de datos, la nube— sigue monopolizada por unas pocas corporaciones que cobran un tributo perpetuo por procesar información ajena. Es la nueva "Renta de la Inteligencia": el Sur paga por el privilegio de pensar con herramientas que no controla.

Frente a este panorama, América Latina ha comenzado a articular respuestas desde la soberanía digital. El proyecto más emblemático es Latam-GPT, un modelo fundacional de alrededor de 50 mil millones de parámetros entrenado con corpus regionales: textos escolares, decisiones judiciales y registros bibliográficos de más de 30 instituciones. Coordinado por Chile a través del CENIA y con la participación de Brasil, República Dominicana, Perú, Colombia y Costa Rica, busca mitigar los sesgos de los modelos importados y crear tecnología que entienda "nuestros idiomas, modismos y realidades". Sin embargo, el desafío persiste: sin inversión en infraestructura de cómputo propia, la región sigue siendo dependiente en la capa fundamental. La soberanía cognitiva exige voluntad política sostenida, no solo ejercicios técnicos aislados.

Pero hay una dimensión aún más incómoda: el "trabajo fantasma". Detrás de cada respuesta "automática" de un chatbot o de cada filtro de contenido, hay personas que etiquetan datos, transcriben audio y moderan contenido violento por salarios de miseria. En Colombia y Venezuela, anotadores de datos con estudios superiores reciben entre 5 y 25 centavos de dolar por tarea. En Argentina, empresas como Arbusta proveen servicios de entrenamiento a gigantes como Mercado Libre, mientras trabajadores locales "enseñan" a sistemas que luego se usan para justificar despidos. El mercado global de esta labor se valoró en 3,770 millones de dólares en 2024 y se proyecta a 17,100 millones para 2030. La paradoja es brutal; la IA que promete automatizar el trabajo se sostiene sobre trabajo humano invisibilizado, precarizado y sin protección alguna.

El vínculo entre ambos fenómenos es inseparable; no hay soberanía digital sin soberanía laboral. Si la IA se utiliza para automatizar la precariedad, debilitar los convenios colectivos y vaciar de contenido los empleos de entrada, no estamos ante un proceso de innovación, sino de retroceso social. Los trabajadores lo han entendido. En Kenia, los moderadores de contenido de Meta formaron el primer sindicato de este tipo en África y tejen alianzas globales con trabajadores de Europa y América. Su demanda no es el rechazo tecnológico, sino una "transición justa" que garantice que el desarrollo de la IA no se haga a costa de la dignidad de quienes lo producen. Esa es la batalla que definirá si la IA será un acelerador de desigualdad o una herramienta de emancipación.

En definitiva, la brecha de la IA no se cerrará solo con más cursos de prompting ni con campañas de alfabetización digital. Lo que ayudaría más es un ecosistema que conecte aprendizaje aplicado con empleadores reales, que certifique habilidades prácticas y no solo títulos, que invierta en infraestructura soberana y que proteja los primeros peldaños de la carrera profesional. Pero, sobre todo, requiere una decisión política: que los países del Sur Global dejen de ser periferias algorítmicas y se conviertan en sujetos de su propia transformación digital. La IA no es neutral; es un campo de disputa geopolítica. Y la pregunta no es solo quién sabe usarla, sino quién decide cómo, para qué y en beneficio de quién.

 
 
 

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