top of page

El fenómeno El Niño 2026: Infraestructura al límite y población en riesgo

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Una ciudad construida sobre el error. El Perú no solo enfrenta en 2026 una crisis agrícola, sino una crisis de infraestructura urbana que se reproduce cada vez que el cielo se abre. La historia de Lima Metropolitana —y de las principales ciudades del norte y centro del país— es la historia de una expansión urbanística sin planificación que ocupó zonas inundables, estrechó cauces de ríos y cubrió quebradas temporalmente secas con desmontes y concreto.

 Cuando El Niño activa estos cauces enterrados, el agua no encuentra dónde ir y recupera por la fuerza su camino natural, arrasando todo a su paso. En 2026, con la alerta ENFEN activa y un 48% de probabilidad de magnitud fuerte, la infraestructura del país no está preparada para lo que se avecina.

Los ríos que no perdonan. Los tres ríos principales de Lima —Chillón, Rímac y Lurín— constituyen la principal amenaza infraestructural del país. Durante el Niño costero de 2017, el desborde del Rímac inundó Carapongo, Huachipa y el centro histórico; el Huaycoloro activado arrasó Cajamarquilla y Campoy; y el Chillón destruyó viviendas en Carabayllo. El resultado fue devastador: 16,000 damnificados, 41,000 afectados, 17 fallecidos, 139 puentes destruidos, 181 puentes afectados y 962 kilómetros de carretera destruidos solo en la región Lima.  En 2026, la situación se repite con la misma geometría de riesgo; puentes colapsados, carreteras cortadas, barrios enteros bajo el agua.

Puentes que caen y carreteras que desaparecen. La infraestructura vial del Perú es particularmente vulnerable ante el incremento de caudales. En marzo de 2017, el aumento del caudal del Rímac provocó el colapso del puente Tambo Río que une Comas y Puente Piedra, dejando sin electricidad varios sectores y a más de 100 familias damnificadas.  Al sur de Lima, el río Lurín erosionó sus riberas e interrumpió la carretera Lima-Huarochirí en Cieneguilla, aislando a miles de personas. En 2026, con el doble fenómeno (Costero y Global) activo, la probabilidad de nuevos colapsos de infraestructura crítica es alta, especialmente en los 962 km de vías ya identificados como de alto riesgo.

Viviendas de cartón contra el diluvio. La población más vulnerable habita precisamente donde el riesgo es máximo. Las viviendas precarias —construidas con cartones, esteras, quincha y adobe— se asientan en las riberas de los ríos y en los cauces de quebradas que El Niño convierte en torrentes mortales. Durante el evento de 1994 en el Callao, el desborde del Rímac arrasó barrios enteros de Gambeta Baja y Ramón Castilla, donde 20 manzanas quedaron inundadas, 15,000 personas damnificadas y 800 refugiadas en campamentos de emergencia. En 2012, la activación del río Huaycoloro dejó 2,700 damnificados y 150 casas inhabitables en un solo día.  En 2026, estos escenarios se replicarán con mayor intensidad.

La cifra humana del desastre. El impacto sobre la población no es abstracto; se mide en vidas rotas. Según el BCRP, durante los años 2017 y 2023 —ambos con eventos El Niño— el número de afectados por emergencias asociadas a precipitaciones ascendió a 1.4 millones y 724,000 personas respectivamente, mientras que los damnificados fueron 286,000 y 137,000 en cada año. Esto representa un incremento brutal respecto a años sin fenómeno, donde el promedio es de 151,000 afectados y 15,000 damnificados anuales. Cada evento El Niño multiplica por cinco o diez el sufrimiento humano, y 2026 no será la excepción.

Pobreza que se ahoga. El daño va más allá de lo inmediato. El BCRP documenta que los hogares en provincias afectadas por El Niño tienen una probabilidad 1.4 puntos porcentuales mayor de caer en pobreza respecto a hogares no expuestos. Cuando una familia pierde su vivienda, sus enseres, su fuente de trabajo y queda aislada por carreteras destruidas, no solo enfrenta una emergencia; enfrenta un retroceso socioeconómico que puede extenderse por años. Los estudios de Vicuña y Castellares (2025) confirman que eventos naturales frecuentes o severos afectan significativamente el ingreso, el consumo y las tasas de crecimiento económico de los hogares. En 2026, miles de peruanos que lograron salir de la pobreza en los últimos años volverán a caer en ella.

Servicios básicos en jaque. La infraestructura de servicios esenciales también colapsa. En 2017, el desborde del Rímac cargado de lodo, piedras y palizada dificultó la captación de agua en la planta de tratamiento de La Atarjea, obligando a Sedapal a racionalizar el agua en 27 distritos de Lima. En 1925, las centrales eléctricas de Yanacoto y Santa Rosa fueron seriamente dañadas, dejando a la ciudad sin energía por días y paralizando industria y ferrocarril. En 2026, con una capital de 10 millones de habitantes dependiente de sistemas de agua, electricidad y transporte interconectados, la falla en un solo nodo puede desencadenar una crisis en cadena de proporciones inimaginables.

La reconstrucción que nunca llega. El Perú ha sufrido eventos devastadores antes: el Niño de 1982/83 causó pérdidas por US$ 3,283 millones (11.5% del PBI) y el 1997 las perdidas de US$ 3,500 millones (6.2% del PBI). Sin embargo, la lección nunca se traduce en infraestructura resiliente. Las defensas ribereñas siguen siendo mal diseñadas, los puentes se reconstruyen con los mismos estándares vulnerables, y las familias damnificadas regresan a los mismos sitios de riesgo por falta de alternativas habitacionales. En 2026, el país enfrenta la misma prueba de siempre, pero con una población urbana duplicada, una infraestructura envejecida y un fenómeno climático que, por primera vez, combina El Niño Costero y Global simultáneamente. La pregunta no es si la infraestructura resistirá, sino cuántas vidas más se perderán antes de que el Perú decida construir una ciudad que no tenga miedo a la lluvia.


bottom of page