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Pax Silica: La encrucijada de Perú entre la soberanía digital y la dependencia tecnológica

  • Foto del escritor: Alfredo Arn
    Alfredo Arn
  • 18 ago
  • 4 min de lectura

En diciembre de 2025, el Departamento de Estado de Estados Unidos lanzó oficialmente la iniciativa "Pax Silica", un término que evoca la Pax Romana pero adaptado a la era del silicio y los microchips. Esta alianza multilateral busca establecer un orden económico duradero que asegure las cadenas de suministro de inteligencia artificial, semiconductores, minerales críticos e infraestructura digital entre países aliados, excluyendo deliberadamente a rivales estratégicos como China y Rusia. Lo que Washington presenta como una medida de seguridad económica es, en realidad, una arquitectura de poder diseñada para mantener el liderazgo tecnológico occidental y fragmentar la gobernanza digital mundial en bloques geopolíticos antagónicos.

El contexto en el que surge esta iniciativa no es casual. La irrupción de modelos de IA chinos como DeepSeek a principios de 2025, que demostraron eficiencia con costos computacionales significativamente menores, generó pánico en los mercados estadounidenses y aceleró la respuesta de Washington. Pax Silica representa el abandono de la ficción de que la hegemonía tecnológica de EE. UU. es producto meramente del mercado; ahora se reconoce abiertamente que la tecnología es un instrumento de política estatal. La iniciativa opera mediante un sistema de tres niveles que otorga acceso privilegiado a aliados cercanos (OTAN, G7, Japón, Corea del Sur, Australia), impone restricciones y licencias a la mayoría de países, y excluye totalmente a los adversarios geopolíticos, convirtiendo el acceso a chips avanzados y tecnología de punta en una herramienta de coerción diplomática.

Para Perú, que ha cultivado ambiciones legítimas de convertirse en un hub digital estratégico del Pacífico Sur, la presión para unirse a este club exclusivo representa una encrucijada existencial. El país sudamericano posee ventajas geográficas únicas y ha desarrollado proyectos como el megapuerto de Chancay en colaboración con China, que podrían servir como punto de aterrizaje para cables submarinos que conecten directamente Asia con Sudamérica. Sin embargo, la lógica de Pax Silica es binaria: o estás con el bloque liderado por Washington o quedas fuera de sus cadenas de suministro tecnológicas. Esta disyuntiva amenaza con convertir a Perú en un peón de la competencia tecnológica global, obligándolo a elegir entre mantener su neutralidad pragmática o someterse a las reglas de un bloque que condiciona el acceso a la tecnología de vanguardia.

El riesgo más grave para la soberanía digital peruana radica en que, bajo el esquema de Pax Silica, el país podría quedar relegado a proporcionar sus recursos naturales y su energía para alimentar infraestructuras cuyo control estratégico permanecería en manos extranjeras. Perú posee minerales críticos esenciales para la era digital, como el cobre, y cuenta con potencial en energías renovables que lo hacen atractivo para la instalación de macrocentros de datos. No obstante, existe el peligro de que estas inversiones se traduzcan en una nueva forma de dependencia extractiva: Perú proveería la tierra, el agua, la energía y los minerales, mientras que las empresas tecnológicas estadounidenses (Google, Amazon, Microsoft) retendrían el control sobre los modelos de IA, las arquitecturas de nube, los datos y las normas que rigen su uso. Sería la actualización del viejo patrón colonial adaptado al siglo XXI.

La infraestructura física de conectividad también se ve amenazada por esta polarización. Los cables submarinos que transportan más del 95% del tráfico internacional de datos siguen rutas establecidas que responden a intereses geopolíticos, no técnicos. Si Perú se alinea con Pax Silica, enfrentaría presiones para excluir infraestructura china, como equipos de Huawei o cables financiados por Beijing, limitando así sus opciones de inversión y diversificación. El proyecto de un cable directo China-Sudamérica, que podría aterrizar en Perú aprovechando la cercanía de Chancay, representa una oportunidad para romper el cuello de botella de conectividad y ganar soberanía digital real. Sin embargo, unirse al bloque estadounidense podría significar renunciar a esta alternativa, quedando atrapado en rutas que pasan por nodos controlados por aliados de Washington y sujetas a sus estándares de seguridad y vigilancia.

La verdadera soberanía digital implica mucho más que tener cables que aterricen en la costa; requiere controlar la capa lógica de la infraestructura: los centros de datos, la gobernanza de los datos, los marcos regulatorios propios y la capacidad de desarrollar o adaptar tecnologías según las necesidades nacionales. Bajo Pax Silica, los países periféricos corren el riesgo de convertirse en consumidores pasivos de tecnologías desarrolladas según intereses y valores ajenos, donde las reuniones gubernamentales se realizan en Microsoft Teams, los archivos universitarios residen en Google Cloud y los datos sensibles de los ciudadanos están sujetos a legislación extranjera. Esta configuración garantiza un flujo constante de valor desde la periferia hacia el centro, perpetuando la transferencia de riqueza y la subordinación tecnológica que la teoría de la dependencia describió décadas atrás.

Frente a este escenario, Perú necesita desarrollar una estrategia de soberanía digital que trascienda la falsa dicotomía de elegir entre Washington y Beijing. Esto implica fortalecer su marco regulatorio nacional con leyes robustas de protección de datos, neutralidad de la red y localización de información sensible que se apliquen a cualquier empresa que opere en el país, sin importar su origen. Debe impulsar la creación de infraestructura pública o de capital mixto, como puntos neutros de intercambio de tráfico y centros de datos soberanos, que eviten el monopolio de grandes corporaciones extranjeras. Además, puede aprovechar su posición geopolítica para negociar con ambos bloques, exigiendo transferencia tecnológica real, formación de capital humano local y garantías de no exclusividad, en lugar de aceptar adhesiones incondicionales que limiten su margen de maniobra.

El futuro de Perú como hub digital independiente dependerá de su capacidad para resistir la tentación de convertirse en un eslabón subordinado de cadenas de suministro diseñadas en el extranjero. La soberanía digital no es un lujo técnico, sino una condición indispensable para la autonomía política y económica en el siglo XXI. Si el país acepta las reglas de clubes exclusivos como Pax Silica sin contrapesos ni visión estratégica, su sueño de ser un nodo tecnológico del Pacífico se transformará en la realidad de ser una colonia de datos: rico en recursos, pobre en control, y dependiente de las decisiones que se tomen en Silicon Valley o en el Pentágono. La encrucijada está planteada, y el tiempo para decidir corre en contra de quienes aspiran a un desarrollo verdaderamente soberano.

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